Por Guillermo Ceballos Serra
Prepararnos hoy para trabajos y
oportunidades que todavía no existen.
Durante buena parte del siglo XX, la carrera
profesional respondía a un modelo relativamente previsible. Una persona
ingresaba a una organización, aprendía su oficio, desarrollaba experiencia,
asumía mayores responsabilidades y, después de varias décadas, llegaba a la
jubilación.
Existía una suerte de contrato psicológico no
escrito: si el empleado demostraba compromiso, lealtad y buenos resultados, la
organización le ofrecería estabilidad y oportunidades de crecimiento. En muchos
casos, ese acuerdo se traducía en una expectativa de empleo vitalicio.
Ese modelo comenzó a desmoronarse durante
los años ochenta. Las reestructuraciones empresariales, las fusiones, las
adquisiciones y los cambios en las condiciones de competencia modificaron
profundamente las relaciones laborales. Las organizaciones dejaron de poder
garantizar la continuidad del empleo y las personas descubrieron que su
compromiso y sus buenos resultados tampoco aseguraban su permanencia.
Sin embargo, aunque las reglas del juego
cambiaron hace décadas, muchas personas continuaron administrando sus carreras
profesionales como si aquel contrato todavía existiera. Y allí encontramos uno
de los mayores desafíos de la reinvención profesional.
Del contrato psicológico a la responsabilidad
sobre nuestra carrera
En un artículo anterior, «Del ponerse la camiseta a trabajar
con IA: el nuevo contrato psicológico», reflexioné sobre la evolución de las
expectativas entre las personas y las organizaciones.
El viejo acuerdo, basado en estabilidad y
lealtad, fue dando paso a una relación en la que la empleabilidad, el
aprendizaje y la capacidad de aportar valor adquirieron una importancia
creciente. Peter Cappelli, de quien tuve la oportunidad de ser alumno en
Wharton, describió magistralmente esta transformación en su libro The New Deal at Work,
publicado en 1999.
Si las organizaciones ya no podían prometer
empleo de por vida, tampoco podían esperar lealtad incondicional. El nuevo
acuerdo comenzó a construirse sobre una lógica diferente: mientras trabajemos
juntos, generemos valor para ambas partes.
Pero esta transformación tiene una consecuencia
que no siempre terminamos de asumir:
Si una organización ya no puede garantizar
nuestra continuidad laboral, tampoco podemos delegarle la responsabilidad sobre
nuestro desarrollo profesional.
Podemos comprometernos profundamente con una
empresa, identificarnos con sus valores y contribuir a sus resultados. Pero
nuestra carrera profesional debe trascender sus límites. Nuestro puesto de
trabajo puede ser transitorio; nuestro desarrollo personal y profesional nos
acompaña durante toda la vida.
¿Qué lugar ocupan los programas de desarrollo
de talento en este nuevo escenario?
Si las organizaciones ya no pueden garantizar
la continuidad laboral y cada persona debe asumir la responsabilidad sobre su
carrera, ¿hasta dónde siguen siendo útiles los programas internos de desarrollo
de talento?
Tradicionalmente orientados a identificar
potencial, preparar sucesores y facilitar promociones internas, estos programas
necesitan revisar sus objetivos frente a un futuro cada vez menos previsible.
¿Estamos preparando personas para ocupar
posiciones que probablemente desaparecerán? ¿O estamos desarrollando las
capacidades necesarias para desempeñarse en posiciones que todavía no existen y
que, por ahora, solo podemos imaginar?
Los programas de desarrollo siguen siendo
fundamentales, pero deben trascender las necesidades actuales del negocio,
fortalecer competencias transferibles y preparar a las personas para adaptarse
a escenarios que aún desconocemos.
El nuevo contrato psicológico debería
construirse sobre un compromiso recíproco: la organización ofrece oportunidades
de desarrollo y la persona asume la responsabilidad de aprovecharlas para
construir su trayectoria profesional.
La empresa no puede garantizarme un puesto de
trabajo para toda la vida, pero puede contribuir a que desarrolle las
capacidades necesarias para seguir construyendo mi futuro profesional, probablemente una de las promesas
más valiosas que una organización puede ofrecer hoy.
Lo que nos trajo hasta aquí no necesariamente
nos llevará hasta allá
Marshall Goldsmith popularizó esta idea
extraordinariamente poderosa en su libro What Got You Here Won't Get You
There, publicado en 2007.
Esta afirmación, originalmente vinculada al desarrollo del liderazgo, adquiere una dimensión particularmente interesante cuando pensamos en la reinvención profesional. Las competencias, los conocimientos y las conductas que nos permitieron construir una carrera exitosa no necesariamente serán suficientes para enfrentar los desafíos de nuestra próxima etapa.
Un ejecutivo que decide iniciar una actividad
independiente probablemente necesitará desarrollar competencias comerciales,
construir nuevas relaciones profesionales y aprender a desenvolverse en un
contexto diferente.
Un profesional reconocido durante décadas como
experto en su disciplina puede descubrir que necesita incorporar herramientas
digitales, comprender nuevas tecnologías o desarrollar conocimientos en áreas
hasta entonces ajenas a su especialidad.
El problema no es que su experiencia haya
perdido valor. El problema aparece cuando supone que esa experiencia, por sí
sola, será suficiente para enfrentar cualquier desafío futuro.
Aquí encontramos una paradoja: cuanto más
exitosa ha sido nuestra trayectoria, más difícil puede resultar cuestionar las
fórmulas que nos permitieron construirla.
El riesgo de confundir nuestra carrera con
nuestro puesto de trabajo
En mi experiencia acompañando ejecutivos y
profesionales en procesos de desarrollo y transición laboral, he observado una
situación recurrente.
Personas que han dedicado veinte o treinta años
a construir carreras exitosas descubren, ante una reestructuración, una
desvinculación o el deseo de iniciar una nueva etapa, que han dejado de pensar
en su propio desarrollo. Conocen profundamente la organización en la que
trabajan, sus procesos y su cultura. Han desarrollado relaciones sólidas y
alcanzado posiciones de responsabilidad. Sin embargo, muchas veces no se han
detenido a reflexionar sobre qué podrían hacer fuera de ese entorno.
No se trata de falta de capacidad, sino de
haber confundido el desarrollo dentro de una organización con el desarrollo de
la propia carrera profesional. Ambos pueden coincidir durante muchos años, pero
no son necesariamente lo mismo.
Por eso, necesitamos preguntarnos periódicamente qué estamos construyendo más allá de nuestro cargo actual: ¿Qué competencias estoy desarrollando? ¿Qué conocimientos podrían quedar desactualizados? ¿Qué habilidades podrían ser valiosas en otras actividades? ¿Qué nuevas relaciones profesionales estoy construyendo?
Y la pregunta más importante:
Si mañana desapareciera mi puesto de trabajo,
¿qué parte de mi experiencia seguiría teniendo valor fuera de esta
organización?
La búsqueda de la empleabilidad no comienza cuando perdemos el
empleo.
La empleabilidad no consiste solamente en tener
posibilidades de conseguir un nuevo trabajo. Implica desarrollar y mantener
nuestra capacidad de aportar valor en diferentes contextos, organizaciones y
etapas de la vida.
Las organizaciones pueden y deben contribuir al
desarrollo de sus colaboradores mediante capacitación, experiencias desafiantes
y oportunidades de movilidad, pero ninguna organización puede aprender por
nosotros.
La responsabilidad sobre nuestra empleabilidad
es compartida, aunque la administración de nuestra trayectoria profesional es,
en última instancia, personal.
La inteligencia artificial vuelve esta cuestión
todavía más relevante. Las transformaciones tecnológicas ya no afectan
solamente tareas operativas o repetitivas; también están modificando
actividades cognitivas propias de profesionales altamente especializados.
La pregunta no debería ser únicamente qué
puestos desaparecerán o cuáles serán creados, sino qué nuevas capacidades
necesitamos desarrollar para seguir aportando valor.
La experiencia y la tecnología no son fuerzas
opuestas. Pueden convertirse en una combinación extraordinariamente poderosa,
siempre que estemos dispuestos a aprender nuevamente.
El desafío de volver a ser principiantes
Aprender no consiste solamente en incorporar
nuevos conocimientos. También implica cuestionar ideas, hábitos y formas de
trabajar que nos permitieron alcanzar buenos resultados en el pasado, pero que
pueden limitar nuestro desarrollo futuro.
Desaprender no significa olvidar nuestra
experiencia, sino revisar aquello que damos por sentado.
Esto puede resultar especialmente desafiante
cuando hemos construido nuestra identidad profesional alrededor de ser
reconocidos como expertos. Después de muchos años de experiencia, volver a ser
principiantes puede generar incomodidad.
Debemos aceptar que existen cosas que no
sabemos, que necesitamos pedir ayuda y que otras personas, incluso mucho más
jóvenes, pueden enseñarnos.
La experiencia acumulada nos proporciona
criterio y perspectiva. Los nuevos aprendizajes amplían nuestras posibilidades
de utilizar ese capital en contextos diferentes.
No necesitamos elegir entre experiencia y
aprendizaje. Necesitamos aprender a combinarlos.
Reinventarse antes de que sea necesario
Solemos asociar la reinvención con situaciones
de crisis: una desvinculación, una jubilación o una transformación profunda de
nuestra actividad. Creo que deberíamos comenzar a pensarla mucho antes.
Reinventarse también puede significar estudiar
una disciplina complementaria, desarrollar nuevas competencias, participar en
comunidades profesionales diferentes o explorar intereses postergados durante
años.
No siempre requiere abandonar el trabajo
actual. A veces comienza simplemente con ampliar nuestra mirada. Cuanto antes
iniciemos ese proceso, mayores serán nuestras posibilidades de explorar
alternativas sin la presión que acompaña a los cambios inesperados.
Reinventarse no significa empezar desde cero.
Cada trayectoria nos permite acumular
conocimientos, habilidades, relaciones y aprendizajes que constituyen un
capital extraordinariamente valioso. El desafío consiste en reconocerlo y
encontrar nuevas maneras de utilizarlo. No se trata de negar nuestro pasado,
sino de evitar que se convierta en un límite para nuestro futuro.
Nuestra carrera profesional es un proyecto que
nunca termina
Nuestra vida profesional ya no consiste en una
única carrera, definida tempranamente y desarrollada de manera lineal hasta la
jubilación.
Podemos pensarla, en cambio, como una sucesión
de etapas conectadas entre sí, en las que acumulamos experiencias,
desarrollamos capacidades y descubrimos nuevos intereses.
Algunas pueden transcurrir dentro de una misma
organización. Otras pueden llevarnos hacia actividades, industrias o proyectos
completamente diferentes.
Marshall Goldsmith nos recuerda que aquello que
nos permitió llegar hasta aquí puede no ser suficiente para llevarnos hacia dónde
queremos ir. Eso no significa que debamos abandonar lo que hemos construido.
Significa que necesitamos seguir construyendo.
La reinvención profesional no debería ser
solamente una respuesta a la pérdida de oportunidades. También puede ser una
manera de crearlas.
Entiendo que el verdadero desafío de nuestro
tiempo es aprender a administrar nuestra trayectoria con la misma dedicación
con la que administramos nuestras responsabilidades laborales, ya que las
organizaciones pueden ofrecernos oportunidades, pero no pueden vivir nuestra
vida profesional por nosotros.
