Guernica, Pablo Picasso, pintado en París en 1937. Alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de 1937, durante la guerra civil española.
Por Carla Fassi. Seasoned Regional Human Resources | HR Director | Latin America
Segunda entrega de la serie Arte para pensar organizaciones.
Una pregunta que me viene rondando hace tiempo ¿Por qué, cuando una organización atraviesa una crisis profunda, elegimos hablar de "lo que aprendimos" mucho antes de haber terminado de sentir lo que pasó? Es una pregunta que me hago cada vez que veo un caso de estudio corporativo terminar con la palabra "resiliencia". Como si nombrar la resiliencia bastara para haberla alcanzado. Como si las heridas dejaran de doler porque un consultor las convirtió en aprendizaje.
Hace un tiempo, mirando el cuadro de Guernica, sentí que Picasso había entendido algo que muchas veces las organizaciones prefieren esquivar.
La obra y su contexto
El 26 de abril de 1937, la aviación nazi al servicio de Franco bombardeó durante horas la pequeña ciudad vasca de Guernica. No había objetivos militares. Solo había gente comprando en el mercado un lunes por la tarde.
Picasso, que vivía en París, tenía un encargo pendiente para el pabellón español de la Exposición Universal. Cuando leyó las noticias, abandonó el proyecto en el que estaba trabajando y comenzó el que hoy conocemos como Guernica. Lo pintó en cinco semanas. En blanco, negro y grises. Ocho metros de ancho por tres y medio de alto. En el cuadro no hay aviones. No hay bombas. No hay soldados. Hay una madre gritando con su hijo muerto en brazos. Un caballo herido. Un toro que mira sin entender. Una lámpara que ilumina como si fuera un ojo. Cuerpos rotos, bocas abiertas, manos que se estiran hacia arriba pidiendo algo que quizás ni ellos saben qué.
Picasso no pintó la guerra. Pintó el trauma de la guerra.
Y esa distinción, creo, es la que más tenemos que aprender en las organizaciones.
Lo que Guernica me hace pensar como profesional de Recursos Humanos
Después de más de 30 años en Recursos Humanos, acompañé a organizaciones en momentos muy distintos: reestructuraciones, fusiones, crisis sanitarias, quiebras, salidas complejas de referentes históricos.
Y hay algo que aún hoy no termino de resolver.
Cuando pasa la crisis, casi siempre nos apuramos a mostrar lo que salvábamos. El plan de continuidad. El equipo que se sostuvo. El aprendizaje capitalizado. Los procesos que rescatamos. Y está bien, en parte. Necesitamos narrativas de reconstrucción para poder seguir.
Pero hay algo que rara vez nombramos: el cuerpo con el hijo en brazos. La lámpara que quedó encendida sobre las ruinas. Los que se fueron. Los que se quedaron rotos por dentro y siguieron trabajando como si nada. Los equipos que aprendieron a callar porque el discurso oficial ya había decidido que "habíamos salido fortalecidos".
Me pregunto si eso no es, también, una forma silenciosa de violencia organizacional.
Y me pregunto si la verdadera resiliencia no empieza justamente ahí: en permitirnos, primero, ver el Guernica antes de correr a pintar la reconstrucción.
La conexión con el mundo organizacional
Hay tres cosas que Guernica me sugiere sobre cómo atravesamos las crisis en las empresas.
Primero, que el trauma no siempre se ve.
En el cuadro no hay aviones ni bombas. Hay consecuencias. Y sin embargo, esas consecuencias son más reveladoras que cualquier imagen explícita de la batalla. En las organizaciones sucede igual. El trauma post-crisis casi nunca está en las presentaciones de resultados. Está en las reuniones en las que nadie propone nada nuevo. En los mails que se responden con menos entusiasmo. En las personas que renuncian meses después, cuando ya todos creían que "lo peor había pasado".
Segundo, que la resiliencia real necesita testigos.
Lo que hizo Picasso no fue superar la tragedia. Fue mostrarla. Ponerla en un lienzo de ocho metros y obligarnos a mirarla. Las organizaciones que atraviesan bien las crisis suelen ser las que tienen espacios para nombrar lo que pasó sin apurar el cierre. Espacios que no buscan enseguida una conclusión, un aprendizaje o una fórmula.
Tercero, que la reconstrucción honesta empieza por reconocer lo que se perdió.
Guernica no ofrece consuelo. No hay redención en el cuadro. No hay salida. Y sin embargo, es una de las obras más vistas del mundo. Quizás porque intuimos que la única forma real de sanar es empezar por reconocer que hay algo que sanar.
Preguntas para pensar tu propia organización
No tengo respuestas cerradas. Pero sí algunas preguntas que me hago y les propongo pensar juntos:
- ¿Cuál fue la última crisis que atravesó tu organización y aún no termina de nombrarse?
- ¿Hubo espacio para que las personas contaran lo que sintieron, o solo hubo espacio para que reportaran lo que aprendieron?
- ¿Qué heridas silenciosas siguen abiertas en tu equipo, aunque hoy la conversación oficial diga que "ya lo superamos"?
- ¿Qué pasaría si, antes de correr a la resiliencia, nos permitiéramos, aunque sea por un rato, mirar el Guernica?
Un cierre que no cierra
Hay una historia -no sé si es cierta, pero me gusta creerla- que cuenta que durante la ocupación nazi de París, un oficial alemán visitó el estudio de Picasso. Al ver una fotografía del Guernica sobre la mesa, le preguntó:
- ¿Esto lo hizo usted?
Picasso, sin levantar la mirada, contestó:
- No. Esto lo hicieron ustedes.
Me pregunto qué pasaría si las organizaciones, después de cada crisis, se atrevieran a mirar el cuadro que dejaron y a preguntarse honestamente quién lo pintó.
Quizás la resiliencia empieza cuando dejamos de correr a construir el futuro y nos permitimos, primero, hacernos cargo del presente.
Publicado originalmente en LinkedIn el 27/7/26 y en este espacio con expresa autorización de la autora.
