Octubre 2017

Hola a todos, ¡muchas gracias por sus visitas y comentarios! .

Este mes contamos como invitadas a 3 mujeres de altísima calidad profesional.

Por simple orden de entrega de los artículos, la primera se trata de la periodista estadounidense Lydia Dishman, especializada en los temas que vinculan tecnología, liderazgo e innovación, colaboradora de Fast Company y otras publicaciones de renombre. Lydia aborda el tema de la habilidad de los freelancers para prepararse rápidamente al futuro del trabajo.

La segunda es mi amiga Gabriela Olivan, Head of Corporate Communications for Hispanic South America, de Accenture Argentina, quien trata el tema de los filtros y algoritmos que nos presentan sólo los temas de nuestra preferencia.

Por último, nuestra colega Fabiana Gadow, Partner de InGrow Consulting, que reflexiona sobre el liderazgo femenino.

Por mi parte hago algunas reflexiones sobre la magnitud de los cambios que se avecinan y los prototipos del futuro.

Incluyo también el habitual Flash Laboral y un video de Sophie la primer robot ciudadana de Arabia Saudita y por ende mundial.

Como siempre los invitamos a dejar sus comentarios y seguirnos también en las redes sociales.

Guillermo

sábado, 30 de enero de 2016

SHAKESPEARE Y LOS LIDERAZGOS FALLIDOS - Segunda Parte: RICARDO II



Por Luis del Prado, Rector de ESEADE (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas - Instituto Universitario). Socio de Marble Tree Group - Consulting Firm


Ricardo II es la primera de las ocho obras que Shakespeare escribió sobre la historia británica en la época de la Guerra de las Rosas.

Ricardo es el clásico líder narcisista, siempre hablando de sí mismo y siempre viéndose a sí mismo como una estrella.

En este caso, Shakespeare hace una profunda disección de la relación entre la persona y su puesto. Durante buena parte de la obra, Ricardo está acosado por su primo Bolingbroke (el futuro Enrique IV), un personaje con una visión más moderna acerca de cómo ejercer la autoridad en el reino.
En la mitad de la trama, Ricardo es atacado por el poderoso ejército de Enrique y en ese momento, explica claramente su percepción acerca de dónde proviene su poder (1)

No basta el mar para lavar el bálsamo con el que ungieron a un Rey, ni alcanza el soplo de los mortales para deponer al elegido del Señor.

Ricardo, como hijo mayor de su padre, es el “elegido de Dios” para ser Rey. Eso le brinda un inmenso poder en una sociedad religiosa, ya que cuestionarlo a él implica cuestionar directamente a Dios.

Seguramente en la actualidad muy pocas personas creen que los reyes obtienen su autoridad directamente de Dios, pero, sin embargo, mucha gente cree que su derecho a actuar proviene del que está arriba suyo en la jerarquía. Algo así como afirmar que un gerente no puede ser cuestionado porque lo nombró la cúpula de la organización.

Ricardo cree que no puede ser depuesto por “ningún hombre de este mundo”, pero en la realidad que Shakespeare construyó alrededor suyo está a punto de enfrentarse con un ejército que supera largamente al suyo.

Ricardo dice al respecto: (2)

Por cada hombre a quien dio Bolingbroke un acero contra esta corona, tiene Dios reservado para su Ricardo un ángel de gloria; y si lucha el cielo, ¿crees que los hombres lograrán vencerlo?

Ricardo necesita un mejor ejército, pero cree que, como es el elegido, Dios va a enviar a sus ángeles para que combatan a sus enemigos.

Esto es parte de su noción del poder: en una batalla entre hombres y ángeles, seguro ganarán estos últimos. Este argumento le da fuerzas a Ricardo.

A medida que la batalla se desarrolla, Ricardo tiene que enfrentar el hecho que los ángeles finalmente no han acudido en su ayuda y que su ejército está siendo derrotado, pero así todo vuelve a invocar la magia de su autoridad: (3)

Lo olvidé. ¿No soy acaso el Rey? ¡Despierta, Majestad! ¿O duermes?   ¿No es acaso el nombre del Rey equivalente a veinte mil hombres? ¡Armate! Un ruin vasallo tu nombre ataca. No bajes la frente.  En el favor de un Rey, ¿no se sienten altos? Altos estén sus pensamientos

Si no hay ángeles ni más soldados que los del enemigo, solo queda el “nombre del Rey” que vale por veinte mil hombres.

Este es un punto crucial teniendo en cuenta que Ricardo asume que los habitantes de su reino lo seguirán solo porque es su Rey. El nombre del Rey, el título del que proviene su poder,  hará que la gente se sienta elevada.

Esta perspectiva de Ricardo no es consecuencia de ninguna locura, sino simplemente de la creencia profunda que la gente lo seguirá solamente porque Dios le otorgó el título de Rey.
La batalla avanza y la realidad empecinada le muestra brutalmente a Ricardo que los ángeles faltaron a la cita y que poco puede hacer su nombre. En pocos minutos, la ficción de extrema fortaleza que Ricardo creó, se hace añicos. (4)

Ya no importa, nadie hable de consuelo: sí de tumbas, gusanos, epitafios; Nuestras tierras, nuestras vidas, todo es de Bolingbroke. Y solo puedo llamar mía a mi muerte. Y este menguado molde, estéril fango, que sirve de cubierta a nuestros huesos. Por Dios, sentados en tierra contemos tristes historias de muertes de reyes.

La realidad destruyó su visión idealizada del poder. Shakespeare muestra a Ricardo como alguien que repentinamente se da cuenta de las limitaciones de sus creencias.

Es un ejemplo clásico de alguien que perdió contacto con el mundo real. La falta de relación con sus seguidores lo apartó de la realidad.

Su autoridad colapsó totalmente y solo le queda sentarse a contar cuentos de reyes muertos. Dejó de ser diferente de cualquier otra persona.

Ricardo pasó de ser un rey imbatible a alguien patético que solo posee un pedazo de tierra en el que cavar su tumba. De ser una Majestad ungida por Dios a estar sentado en el suelo.

No se trata de una batalla entre ejércitos sino del choque entre dos visiones distintas del mundo.
Shakespeare nos muestra los límites de la visión idealizada de Ricardo cuando la confronta cara a cara con el poder material de su enemigo.

Ricardo ejemplifica una visión mecanicista del poder, que surge de una fuente exclusiva: el título o la posición. Esa visión le genera expectativas acerca de la manera con que el resto de la organización se va a relacionar con él, ya que  una concepción semejante de la autoridad demanda obediencia total.
Sin embargo, ese poder que aparenta ser tan fuerte, es en realidad muy frágil, ya que se pierde la posición y no queda nada.

A través de esta fragilidad, el Ricardo II de Shakespeare demuestra que, en el mundo moderno (incluso en el siglo XVI), este tipo de autoridad no funciona.

Por otra parte, en el mundo real, aparecen otras formas de poder que van más allá de la naturaleza de los títulos que posean las personas. Ricardo no pierde la batalla por no tener la autoridad suficiente, sino porque no tiene el suficiente capital fáctico, expresado en este caso en número de soldados. Al final de la obra, Ricardo es depuesto y asesinado.

Esta es una lección vital para los líderes, porque muestra claramente que si uno pierde contacto con el mundo en el cual actúan los seguidores, en definitiva está perdiendo contacto con la realidad. Y perder contacto con la realidad conduce  inevitablemente al fracaso. 

La realidad siempre gana.

[1] Shakespeare, William. Ricardo II. Acto 3 Escena 2.
2 Shakespeare, William. Ricardo II. Acto 3 Escena 2.
3 Shakespeare, William. Ricardo II. Acto 3 Escena 2.
4 Shakespeare, William. Ricardo II. Acto 3 Escena 2.


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