SEPTIEMBRE 2026

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lunes, 7 de septiembre de 2026

CULTURA: ES CÓMO SE HACEN LAS COSAS

 

Por Gary Burnison, Chief Executive Officer, Korn Ferry. USA.

Pregúntale a seis personas que definan cultura y probablemente obtendrás doce respuestas diferentes. Algunos dicen que es la misión y los valores; para otros, son las mesas de ping-pong y la vestimenta laboral.

Sin embargo, la cultura se reduce a una sola definición: es cómo se hacen las cosas.

Cuando era niño, en cuanto entraba en casa de mi tía, tenía que quitarme las zapatillas en la puerta. ¿La razón? El orgullo de esa casa del Medio Oeste era una alfombra blanca de pelo largo, y mi tía la mantenía impecable. Había tapetes de plástico transparente sobre la alfombra para caminar, que combinaban con las fundas de plástico de los muebles. Y lo mejor de todo: rastrillaban la alfombra con un rastrillo especial para que pareciera nueva.

Yo no tenía que hacer nada de eso en casa, pero en su casa, sus reglas. Sin embargo, cuando crecí un poco, comprendí por qué estas cosas eran tan importantes. Mis tíos no tenían mucho dinero y trabajaron duro para conseguir todo lo que tenían: ella como enfermera y él en una refinería de petróleo.

Sus normas comunicaban su ética laboral y sus valores. Esa era la cultura que convertía su casa en un hogar.

Hoy en día, todos estamos decidiendo las "normas de la casa" a medida que avanzamos. Para algunos, está bien trabajar en cualquier lugar y a cualquier hora. Otros quieren volver a los tiempos en que todos estaban en la oficina. Muchos se encuentran en un punto intermedio.

Pero al igual que el rastrillo para alfombras y las alfombras de plástico, todo eso es solo la forma : los protocolos y los procedimientos. Mucho más importante es la esencia : cómo las personas se relacionan e interactúan entre sí. No lo encontraremos explicado en ningún manual. No está plasmado en un eslogan en un sitio web o en un cartel en el pasillo.

El lenguaje de la cultura es la emoción: el espíritu de cómo hacemos las cosas. Y es más probable que se sienta que se exprese con palabras. Como me comentó esta semana Khoi Tu , experta en cultura de nuestra división de Consultoría en la oficina de Londres: «La cultura es una celebración de lo que consideramos importante, de lo que creemos y valoramos. Y es responsabilidad del líder transformarla de invisible a visible. De lo contrario, es difícil cambiarla».

La cultura puede ser un tema complejo. Recuerdo una reunión con un cliente hace unos años, en la que se pidió a cada miembro de su equipo directivo que definiera su cultura. A medida que cada uno hablaba, quedaba claro que se centraban únicamente en la forma, no en la esencia. Pero cuando la pregunta cambió —«¿Cómo es ser empleado aquí?»— las respuestas fueron sinceras, sin jerga, y se centraron en cómo se realiza el trabajo.

Hoy en día, definir la cultura va mucho más allá de simplemente elegir el espacio de oficina y los bienes raíces. Es obvio que cualquier estigma en torno al teletrabajo ha desaparecido, dada la gran productividad que algunas personas pueden alcanzar trabajando de forma remota. Y ciertamente no se trata del logotipo de la empresa en una camiseta o de llevar al perro al trabajo, lo que los expertos denominan los artefactos de la cultura. Lo que más importa es lo que hay detrás de esos artefactos: las creencias, los comportamientos y la mentalidad compartida que constituyen el núcleo de una cultura colectiva.

Como me comentó esta semana Sarah Jensen Clayton , quien lidera Cultura y Cambio en Norteamérica para nuestra firma: “Para las empresas de hoy, se trata de un reinicio cultural, un paso simbólico hacia atrás en un capítulo difícil. Dejamos atrás el pasado y miramos hacia adelante. Esto transforma la transición cultural de algo meramente táctico a algo inspirador”.

Dado lo lejos que hemos llegado y todo lo que hemos logrado, es momento de reflexionar sobre el futuro. Debemos preguntarnos: ¿Cómo seguimos empoderando a las personas? ¿Cómo interactuamos y nos ayudamos mutuamente? ¿Cómo debería ser la colaboración? ¿Cómo surgirán las mejores ideas? ¿Necesitamos estar físicamente cerca para que un encuentro casual en el pasillo o al tomar un café propicie conversaciones enriquecedoras? ¿O podemos replicar eso de otras maneras?

En resumen, toda gira en torno a la cultura: quiénes somos, qué representamos, en qué creemos y cómo hacemos las cosas.

Aquí les comparto algunas reflexiones:

El dilema de la cultura. Lograr la cultura adecuada, en el momento oportuno y con las personas idóneas, puede ser un reto para muchas empresas. A menudo, se trata más de arte que de ciencia. En una encuesta realizada por nuestra firma, casi tres cuartas partes de los ejecutivos describieron la cultura como extremadamente importante para el desempeño organizacional. Sin embargo, solo un tercio afirmó que su cultura estaba totalmente alineada con su estrategia empresarial. Hoy en día, todos nos encontramos en la misma situación, ya que la importancia de la cultura ha aumentado para prácticamente todas las empresas del planeta. Estamos presenciando más cambios que en los últimos diez años. Será necesario realizar un trabajo diferente, y este deberá realizarse de manera diferente. Eso implica cultura. No existe una fórmula única para todos: nadie puede decirnos qué es o debería ser la cultura. Debe vivirse, respirarse y experimentarse a diario.

Las reglas no escritas. Las políticas y los procedimientos sin duda tienen su lugar: son una forma importante de que las personas se unan como sociedad, comunidad u organización. Pero estas estructuras, por sí solas, no describen adecuadamente la cultura. Para ello, debemos fijarnos en las reglas no escritas, y toda organización las tiene. «Las organizaciones pueden cambiar las políticas cuanto quieran, pero sigue existiendo un "código" sobre cómo hacemos las cosas», me dijo esta semana Lynn Foster , miembro de nuestro equipo de Cultura y Cambio de Norteamérica. En algunos lugares, todo gira en torno al rendimiento: la cultura empresarial de «pedir perdón, no permiso». Otros serán más jerárquicos. Variará según el liderazgo, el sector, la historia y las personas. Pero dentro de cada empresa, existen redes informales y reglas no escritas que nunca se encontrarán en ningún manual del empleado.

Cultivar la cultura. En lo que respecta al cuidado y desarrollo de la cultura, el líder desempeña un papel fundamental. De hecho, la cultura comienza en la cima, donde se crea y se moldea. Por eso, nuestro Instituto Korn Ferry describe a los líderes con dos funciones principales. Primero, son los promotores de la cultura : modelos a seguir que encarnan la mentalidad, las creencias y los comportamientos deseados. Segundo, son los arquitectos de la cultura : se aseguran de que existan las estructuras adecuadas para respaldar esos comportamientos deseados. Con sus palabras y su ejemplo, los líderes garantizan que una cultura sana e inclusiva eche raíces y crezca. Pero esto requiere tiempo; o, como dijo Khoi Tu en nuestra conversación: «Si le gritas más fuerte a una planta, no crecerá más rápido. Se necesitan las condiciones adecuadas para su cultivo».

Un deporte de equipo. Como cualquier entrenador te diría, un gran equipo juega con libertad, por amor al juego. Cuando el objetivo es jugar de forma brillante, ganar es la consecuencia. Del mismo modo, cuando la confianza y la fe impregnan la cultura, la gente se esfuerza y ​​logra resultados. Para profundizar en este tema, nuestra firma realizó una extensa investigación sobre la cultura organizacional durante la pandemia. Entre los muchos hallazgos, cabe destacar que, a medida que las empresas se ven presionadas a ser más ágiles, las personas se sienten más empoderadas y tienen mayor libertad para expresarse. Con ese empoderamiento, los empleados se quedan. Y eso es crucial hoy en día. Porque si bien el líder inicia el cambio, se necesita un movimiento para impulsarlo.

Debe encontrarse en las paredes y en los pasillos, pero, sobre todo, en el corazón y la mente de cada persona. Y eso es cultura. Difícil de definir, poderosa cuando se siente profundamente y mejor vivida en compañía. De hecho, es la clave para lograr nuestros objetivos.

 

Publicado originalmente por  Korn Ferry Insights Special Edition el 12 de abril de 2021.

martes, 25 de agosto de 2026

EL ARTE DE EMPEZAR DE NUEVO

 


Por Andrés Hatum, Profesor en la Universidad Torcuato Di Tella. Lic. en Cs. Políticas, MBA, PHD in Management & Organization.

Después de años de construir experiencia y prestigio, muchos ejecutivos descubren que lo más difícil no es cambiar de trabajo, sino redefinir quiénes quieren ser.

Hay un momento particularmente raro en muchas carreras profesionales que no necesariamente ocurre después de un despido, de una crisis espectacular ni de una pelea con el jefe. A veces aparece silenciosamente una mañana cualquiera, mientras se mira la computadora y se piensa: “Sé que esto ya no lo quiero, pero no tengo la menor idea de qué quiero”. Bienvenidos al limbo profesional.

Es ese territorio extraño en el que el pasado laboral empieza a quedar chico, pero el futuro todavía es una hoja en blanco. Se tiene un cargo, una profesión, una reputación, experiencia y probablemente un buen currículum. El problema es que todo eso explica perfectamente quién fue uno, pero cada vez menos quién quiere ser. Y ahí comienza la desesperación.

Porque nos educaron para pensar las carreras como si fueran autopistas: se elegía una profesión, se ingresaba a una organización, se ascendían algunos escalones y, con suerte, se llegaba a destino. Había desvíos, por supuesto, pero el camino estaba más o menos señalizado. El problema es que las carreras actuales se parecen bastante menos a una autopista y bastante más a esos caminos donde, de repente, aparecen varias bifurcaciones y ningún cartel.

La primera reacción suele ser buscar la respuesta correcta. ¿Qué debería hacer? ¿En qué soy realmente bueno? ¿Cuál es mi pasión? ¿Dónde me veo dentro de diez años? Y entonces vienen los tests, el coach, los libros, las conversaciones, los fines de semana introspectivos y, en algunos casos, una sobredosis de TED Talks. Todo puede ayudar. Pero existe una trampa: creer que uno tiene que descubrir su próxima vida profesional antes de empezar a vivirla.

Herminia Ibarra, profesora de London Business School y una de las principales investigadoras sobre transiciones de carrera, lleva años demostrando algo bastante contraintuitivo. En su libro Working Identity, basado en su investigación sobre profesionales que cambiaban de carrera, plantea que la reinvención no suele funcionar siguiendo la secuencia “primero descubro quién quiero ser y después actúo”. Muchas veces ocurre exactamente al revés: se actúa, se experimenta y, a partir de esas experiencias, se va descubriendo quién se podría llegar a ser.

Nadie resuelve una crisis de carrera meditando en un sillón. Pensar es necesario; quedarse exclusivamente pensando puede convertirse en una forma bastante sofisticada de no hacer nada. La obsesión por encontrar “la respuesta definitiva” genera parálisis por análisis: se recorren veinte escenarios posibles en la cabeza y se descartan todos antes siquiera de haber probado uno (y mientras tanto uno sigue sentado frente a la computadora, cuestionándose la vida).

Ibarra utiliza una idea particularmente potente: los “provisional selves”, algo así como identidades profesionales provisionales. En una investigación publicada en Administrative Science Quarterly, observó que las personas que asumían nuevos roles profesionales ensayaban distintas versiones de sí mismas: observaban modelos, probaban comportamientos y luego evaluaban qué les resultaba auténtico y qué no. Es decir, la nueva identidad no aparecía por revelación, sino que se iba construyendo mediante experimentos. Esto explica por qué, frente al limbo profesional, es preferible hablar de micro experimentos antes que de grandes decisiones.

Quien crea que podría dedicarse a otra actividad no necesita renunciar de inmediato: primero puede participar en un proyecto vinculado con ese interés. Si le atrae otra industria, conviene conversar con al menos cinco personas que ya trabajen en ese ámbito. Si hay algo que despierta su curiosidad, aunque todavía no sepa para qué podría servirle, puede hacer un curso corto. Y si fantasea con enseñar, emprender, asesorar o escribir, lo mejor es probarlo en una escala pequeña. El objetivo del micro experimento no es alcanzar el éxito, sino generar información.

Bill Burnett y Dave Evans utilizan una lógica similar en Designing Your Life, desarrollado a partir de su experiencia en Stanford: aplicar herramientas del design thinking a las decisiones vitales. Frente a problemas donde no se conoce de antemano la solución, proponen construir prototipos. En lugar de imaginar durante meses cómo sería determinada vida profesional, postulan hacer una versión pequeña y barata de ella y aprender de la experiencia. La palabra clave es curiosidad.

Mark Savickas y Erik Porfeli, dos referentes en investigación sobre adaptabilidad de carrera, identifican precisamente cuatro recursos para afrontar transiciones laborales: preocupación por el futuro, control sobre las propias decisiones, curiosidad por las posibilidades y confianza para perseguirlas. La curiosidad no es entonces un lujo intelectual, es una competencia profesional que hay que desarrollar. Permite explorar futuros antes de comprometerse con ellos.

Hay, sin embargo, otra dificultad. Para reinventarse hay que aceptar temporalmente algo que a muchos profesionales exitosos les resulta insoportable: volver a ser principiantes. Después de veinte o treinta años construyendo expertise, reconocimiento y estatus, no resulta sencillo entrar a un lugar donde nadie nos conoce demasiado, hacer preguntas elementales o descubrir que alguien veinte años menor sabe muchísimo más que uno. Nuestra experiencia, que fue una enorme ventaja durante años, puede convertirse en un yunque si se pretende que el futuro sea simplemente una extensión del pasado.

William Bridges llamó “zona neutral” a ese espacio de transición en el que lo anterior terminó psicológicamente pero lo nuevo todavía no comenzó del todo. Es incómodo porque las personas se quedan momentáneamente sin las referencias que les daban seguridad. Pero Bridges advertía que esa zona aparentemente improductiva es también un período de reorientación. No hay que atravesarla desesperadamente, hay que aprovecharla.

Quizás ese sea uno de los grandes desafíos de las carreras contemporáneas: aprender a tolerar períodos en los que la identidad profesional todavía está en construcción. Durante décadas a los profesionales les enseñaron a acumular certezas: título, cargo, especialidad, experiencia, reputación. Todo debía llevarlos hacia una definición cada vez más precisa de sus personas: “Yo soy esto”. Pero una carrera larga probablemente requiera decir varias veces: “Yo fui esto. Ahora estoy viendo qué puedo ser”.

No significa tirar por la borda treinta años de experiencia. Al contrario. La experiencia es capital acumulado, es criterio, relaciones, conocimiento y cicatrices de errores que ya se cometieron. Pero ese capital puede combinarse de maneras diferentes. El problema aparece cuando se confunde experiencia con identidad.

Hay personas que no extrañan su trabajo anterior, sino que extrañan la jerarquía que tenían. Otras no extrañan la empresa, extrañan la sensación de saber perfectamente qué hacer. Y muchas descubren que lo más difícil de cambiar de carrera no es aprender algo nuevo, sino abandonar la explicación que durante años les dieron a los demás —y a sí mismas— sobre quiénes eran. Por eso el limbo profesional no se resuelve necesariamente encontrando una gran respuesta sino que se atraviesa acumulando pequeñas evidencias.

Una carrera no se diseña solamente corriendo y mirando hacia adelante. Se puede construir caminando y, posiblemente, haya momentos en los que no se sabe exactamente hacia dónde se está yendo. No importa. Cuando el mapa todavía no existe, el próximo paso puede ser más importante que conocer el destino.

 

Publicado en el diario La Nación el 15 de agosto de 2026.

LA IA COMO CABALLO DE TROYA: LINDA POR FUERA, INGOBERNABLE POR DENTRO

Por Enrique Parborell Socio y Director de Estrategia de Sostenibilidad de ESTRATEGA.org

El problema nunca fue la tecnología en sí. El problema es lo que entró junto con ella, sin que nadie lo inventariara.

Citando la referencia del director de Odissea, Christopher Nolan sobre la IA en su nueva película, la inteligencia artificial llegó prometiendo exactamente lo que promete todo caballo de Troya: un regalo demasiado bueno para rechazar. Optimiza y automatiza procesos que antes tomaban semanas, detecta fraude antes de que ocurra, diagnostica enfermedades con una precisión que ningún humano iguala, y eleva la productividad a niveles estratosféricos. Ningún directorio, ningún gobierno y ninguna persona que la adoptó lo hizo por ingenuidad — lo hizo porque funciona, y funciona cada vez mejor. El problema nunca fue la tecnología en sí. 

El problema es lo que entró junto con ella, sin que nadie lo inventariara: personas que la usan sin que sus organizaciones lo sepan, decisiones automatizadas sin nadie que las audite, datos sensibles que viajan a servidores que nadie controla, algoritmos que replican sesgos humanos a una escala que ningún sesgo humano individual podría alcanzar. La IA no vino a destruir desde afuera. Vino puertas adentro, con la confianza que le dimos nosotros mismos — y ahí, dentro de las murallas, es donde el desgobierno se instaló.

Según Gartner, firma de investigación y consultoría y referente mundial de tendencias tecnológicas, expuso que el gasto mundial en IA se proyecta en 2,52 billones de dólares en 2026, un 44% más que el año anterior, mientras que el gasto global en plataformas de gobernanza de IA se proyecta en apenas 492 millones de dólares en 2026, duplicándose recién hacia 2030 — es decir, la gobernanza representa una fracción mínima (~0,02%) del gasto total en IA. Está claro el poco foco que se le está poniendo a la Gobernanza de la IA, y esto trae sus consecuencias…

La IA no es una herramienta, no es un tema tecnológico, es mucho más que esto... Es una “tercerización” (muchas veces inconsciente) de nuestra inteligencia. Es también es una cuestión organizativa que está afectando simultáneamente al cumplimiento normativo, la ética, la responsabilidad legal y la estrategia empresaria.

La Ley de IA de la UE desde agosto de 2026 (que está convergiendo en EEUU, y luego lo hará en Latinoamérica) convierte la gobernanza de la IA en una obligación legal para sistemas de alto riesgo en Europa. Las empresas que utilicen inteligencia artificial en decisiones de recursos humanos, concesión de créditos o infraestructura crítica necesitarán un sistema de gestión de riesgos documentado, documentación técnica y supervisión humana. Sanciones por infracciones: hasta 35 millones de euros o el 7 por ciento de la facturación anual.

Esto cambia fundamentalmente el cálculo. Hasta ahora, la gobernanza de la IA era cuestión de mejores prácticas. A partir de ahora, es una cuestión de responsabilidad, no solo de estas empresas en Europa, sino de empresas europeas en Latinoamérica. Los miembros del consejo o el “board” que no puedan demostrar una estructura de gobernanza se exponen a un riesgo personal (recordar la analogía con SOX Sarbanes-Oxley hace 20 años).

Algunos hechos inquietantes por imprevistos de la IA…

Hecho 1:

Hacemos unos días, leímos esta noticia. El 21 de Julio de este año, OpenAI informó públicamente algo preocupante sobre “un incidente de ciberseguridad sin precedentes”. Esta empresa, estaba testeando un Modelo no lanzado aun con técnicas de hackeo en un ambiente de prueba interno. Pero sucedió lo que no esperaban… este Modelo salió de este entorno interno, encontró un acceso a Internet dentro de las oficinas de OpenAI, salió y ejecutó código indebido en servidores de otras empresa, Hugging Face. La IA empieza a tomar sus propias decisiones, más allá del alcance que le dieron sus diseñadores.

Hecho 2:

Unos meses antes, en Noviembre de 2025, la Corte Suprema de Colombia, en un histórico fallo sobre el uso de la IA en ese país, anuló una decisión judicial apoyada en citas falsas generadas por la misma IA, en lo que empezó a llamarse “alucinaciones de la IA”, incluyendo citas inexistentes en leyes o jurisdicciones.

Hecho 3:

Para mencionar un caso de discriminación racial hecho por algoritmos de IA (diseñados antes por humanos que también discriminaban), Derek Mobley, un hombre afroamericano mayor de 40 años, presentó su CV a más de 100 empleos en empresas que usaban el software de selección de Workday y fue rechazado todas las veces (una vez, apenas 55 minutos después de enviar la solicitud, a la 1:50 AM…). Este proceso es ejecutado 100% por algoritmos de IA de la aplicación. En mayo de 2025 una jueza federal de California autorizó que el caso avance como demanda colectiva nacional bajo la ley antidiscriminación por edad, pero hecha por IA….

¿Cómo puede manifestarse el desgobierno?

En la indefinición de dónde debe usarse la IA, muchas veces por no integrar la ética en las decisiones. Por ejemplo, le pregunto al lector, ¿sería ético integrar la IA en armas para uso militar que matan humanos? O para espiar caras sin consentimiento de ciudadanos o consumidores?

El caso de desgobierno en el uso de datos, no íntegros o de baja calidad, es anterior a este boom de la IA, pero ésta agrava el problema porque usa estos datos para tomar decisiones por nosotros, con una base errónea de datos o hipótesis equivocadas. O sea, resultados indeseados.

Otro caso donde sufrimos las consecuencias del desgobierno, está relacionado con las funciones para las cuales fueron diseñados los Modelos con IA, pero que luego aprenden nuevas funciones en forma autónoma, sin la autorización de su diseñador como el caso de OpenIA.

Vayamos al desgobierno por no control de las acciones de IA, como el caso de Workday. ¿Quién controla que no haya sesgos en el mismos algoritmos? Aún con la existencia de herramientas de IA que detectan sesgos en otros algoritmos de IA, ¿cuántas empresas usan estos detectores de sesgos? Poquísimas…

Los algoritmos al inicio de su existencia, con Modelos Matemáticos bien elegidos, tienen un porcentaje muy bajo de falsos positivos. Dicho de otra manera, aciertan con más de 95% de certeza sus resultados. Pero… con el correr del tiempo, pierden efectividad hasta tal punto que pueden estar 50% equivocados en sus conclusiones. Lo alarmante que su diseñador o la organización que los usa, no lo saben porque estuvieron en su concepción, pero no monitorearon su evolución. Siguen confiando en sus algoritmos como el 1er día. Justamente la nueva ISO 42001 con foco en el Gobierno de la IA, obliga a tener procesos de revisión frecuente de los algoritmos y de sus resultados.

¿Cómo bajamos la probabilidad de ser víctimas de algoritmos de IA defectuosos o no éticos?

La IA no es responsabilidad del CIO o del Gerente de Sistemas. Es responsabilidad de todos los usuarios, sin jerarquías. No obstante, alguien tiene que gestionar las consecuencias y su comunicación. La ISO 42001 obliga a la definición de un Comité de IA con Directores que son responsables del uso de la misma en cada área que lideran.

Al mismo tiempo debe existir una Política de uso de Algoritmos de IA, estableciendo dónde se aplicarán y dónde no, evaluando riesgos y validando el impacto sobre proveedores, empleados y clientes.

Debe definirse quién es quién en el uso de la IA (Proveedor, Productor, Usuario, Impactado, etc), y qué debe medirse como resultado de ejecución de estos algoritmos.

Pero lo más importante, es no tercerizar “nuestro pensamiento crítico”. Podemos tercerizar en la IA tareas repetitivas, preguntar sobre abordajes, revisar políticas, pero de ninguna manera, podemos perder nuestra capacidad de tomar decisiones en función a quienes somos, qué queremos, sobre qué cultura organizacional operamos, y sobre todo, del timing justo de la ejecución. Al final, las organizaciones, aun con grandes instalaciones y fábricas, son grupos humanos con objetivos de resultados. No tercericemos en la IA, sin aplicar nuestro pensamiento crítico y conciencia de sus resultados, y menos, si no ejercemos un gobierno maduro de la misma. Si entra un Caballo de Troya, preparémonos para gobernar las soluciones a sus consecuencias.


Publicado en El Cronista el 22 de agosto y en este espacio con expresa autorización del autor.


domingo, 9 de agosto de 2026

LO QUE GUERNICA NO MUESTRA: PREGUNTAS SOBRE CRISIS, TRAUMA Y RESILIENCIA EN LAS ORGANIZACIONES

 


Guernica, Pablo Picasso, pintado en París en 1937. Alude al bombardeo de Guernica, ocurrido el 26 de abril de 1937, durante la guerra civil española.

Por Carla Fassi. Seasoned Regional Human Resources | HR Director | Latin America

Segunda entrega de la serie Arte para pensar organizaciones.

Una pregunta que me viene rondando hace tiempo ¿Por qué, cuando una organización atraviesa una crisis profunda, elegimos hablar de "lo que aprendimos" mucho antes de haber terminado de sentir lo que pasó? Es una pregunta que me hago cada vez que veo un caso de estudio corporativo terminar con la palabra "resiliencia". Como si nombrar la resiliencia bastara para haberla alcanzado. Como si las heridas dejaran de doler porque un consultor las convirtió en aprendizaje.

Hace un tiempo, mirando el cuadro de Guernica, sentí que Picasso había entendido algo que muchas veces las organizaciones prefieren esquivar.

La obra y su contexto

El 26 de abril de 1937, la aviación nazi al servicio de Franco bombardeó durante horas la pequeña ciudad vasca de Guernica. No había objetivos militares. Solo había gente comprando en el mercado un lunes por la tarde.

Picasso, que vivía en París, tenía un encargo pendiente para el pabellón español de la Exposición Universal. Cuando leyó las noticias, abandonó el proyecto en el que estaba trabajando y comenzó el que hoy conocemos como Guernica. Lo pintó en cinco semanas. En blanco, negro y grises. Ocho metros de ancho por tres y medio de alto. En el cuadro no hay aviones. No hay bombas. No hay soldados. Hay una madre gritando con su hijo muerto en brazos. Un caballo herido. Un toro que mira sin entender. Una lámpara que ilumina como si fuera un ojo. Cuerpos rotos, bocas abiertas, manos que se estiran hacia arriba pidiendo algo que quizás ni ellos saben qué.

Picasso no pintó la guerra. Pintó el trauma de la guerra.

Y esa distinción, creo, es la que más tenemos que aprender en las organizaciones.

Lo que Guernica me hace pensar como profesional de Recursos Humanos

Después de más de 30 años en Recursos Humanos, acompañé a organizaciones en momentos muy distintos: reestructuraciones, fusiones, crisis sanitarias, quiebras, salidas complejas de referentes históricos.

Y hay algo que aún hoy no termino de resolver.

Cuando pasa la crisis, casi siempre nos apuramos a mostrar lo que salvábamos. El plan de continuidad. El equipo que se sostuvo. El aprendizaje capitalizado. Los procesos que rescatamos. Y está bien, en parte. Necesitamos narrativas de reconstrucción para poder seguir.

Pero hay algo que rara vez nombramos: el cuerpo con el hijo en brazos. La lámpara que quedó encendida sobre las ruinas. Los que se fueron. Los que se quedaron rotos por dentro y siguieron trabajando como si nada. Los equipos que aprendieron a callar porque el discurso oficial ya había decidido que "habíamos salido fortalecidos".

Me pregunto si eso no es, también, una forma silenciosa de violencia organizacional.

Y me pregunto si la verdadera resiliencia no empieza justamente ahí: en permitirnos, primero, ver el Guernica antes de correr a pintar la reconstrucción.

La conexión con el mundo organizacional

Hay tres cosas que Guernica me sugiere sobre cómo atravesamos las crisis en las empresas.

Primero, que el trauma no siempre se ve.

En el cuadro no hay aviones ni bombas. Hay consecuencias. Y sin embargo, esas consecuencias son más reveladoras que cualquier imagen explícita de la batalla. En las organizaciones sucede igual. El trauma post-crisis casi nunca está en las presentaciones de resultados. Está en las reuniones en las que nadie propone nada nuevo. En los mails que se responden con menos entusiasmo. En las personas que renuncian meses después, cuando ya todos creían que "lo peor había pasado".

Segundo, que la resiliencia real necesita testigos.

Lo que hizo Picasso no fue superar la tragedia. Fue mostrarla. Ponerla en un lienzo de ocho metros y obligarnos a mirarla. Las organizaciones que atraviesan bien las crisis suelen ser las que tienen espacios para nombrar lo que pasó sin apurar el cierre. Espacios que no buscan enseguida una conclusión, un aprendizaje o una fórmula.

Tercero, que la reconstrucción honesta empieza por reconocer lo que se perdió.

Guernica no ofrece consuelo. No hay redención en el cuadro. No hay salida. Y sin embargo, es una de las obras más vistas del mundo. Quizás porque intuimos que la única forma real de sanar es empezar por reconocer que hay algo que sanar.

Preguntas para pensar tu propia organización

No tengo respuestas cerradas. Pero sí algunas preguntas que me hago y les propongo pensar juntos:

- ¿Cuál fue la última crisis que atravesó tu organización y aún no termina de nombrarse?

- ¿Hubo espacio para que las personas contaran lo que sintieron, o solo hubo espacio para que reportaran lo que aprendieron?

- ¿Qué heridas silenciosas siguen abiertas en tu equipo, aunque hoy la conversación oficial diga que "ya lo superamos"?

- ¿Qué pasaría si, antes de correr a la resiliencia, nos permitiéramos, aunque sea por un rato, mirar el Guernica?

Un cierre que no cierra

Hay una historia -no sé si es cierta, pero me gusta creerla- que cuenta que durante la ocupación nazi de París, un oficial alemán visitó el estudio de Picasso. Al ver una fotografía del Guernica sobre la mesa, le preguntó:

-          ¿Esto lo hizo usted?

Picasso, sin levantar la mirada, contestó:

-          No. Esto lo hicieron ustedes.

Me pregunto qué pasaría si las organizaciones, después de cada crisis, se atrevieran a mirar el cuadro que dejaron y a preguntarse honestamente quién lo pintó.

Quizás la resiliencia empieza cuando dejamos de correr a construir el futuro y nos permitimos, primero, hacernos cargo del presente.

Publicado originalmente en LinkedIn el 27/7/26 y en este espacio con expresa autorización de la autora.


martes, 21 de julio de 2026

EL ERROR MÁS COSTOSO EN UNA BÚSQUEDA DE EMPLEO NO ESTÁ EN EL CV.

 


Por Shadrack Wanza, Founder and Career Coach at Shaddyzz CVs Solutions. Nairobi, Kenia.

linkedin.com/in/shadrack-wanza  https://www.shaddyzzcvs.co.ke/


El error más costoso en una búsqueda de empleo no está en el cv.

Está en ocultar el distintivo verde de "Open to Work".

Los reclutadores pasan por miles de perfiles silenciosos cada semana.

¿Los que tienen activada la opción "Open to Work"?

Son los que realmente aparecen en las búsquedas.

No estás transmitiendo desesperación.

  • Estás transmitiendo visibilidad.
  • Estás transmitiendo confianza.
  • Estás diciendo: "Encuéntrame antes de que lo haga la competencia."

Algunos de los profesionales más talentosos que conozco llevan ese distintivo con orgullo:

  • El gerente financiero que está entre un empleo y otro por decisión propia.
  • El ingeniero que acaba de mudarse de ciudad o de país.
  • El recién graduado que todavía no ha recibido su primer "sí", pero lo hará.

Ninguno de ellos es menos competente por decirlo abiertamente.

Si acaso, son mucho más fáciles de encontrar que quienes juegan al escondite con su propia carrera profesional.

Así que la verdadera pregunta que deberían hacerse los responsables de contratación no es:

"¿Por qué esta persona está abierta a nuevas oportunidades?"

Sino:

"¿Por qué no hay más personas con el valor de decirlo?"

Si en este momento llevas el distintivo "Open to Work", llévalo con orgullo. 

El algoritmo de búsqueda de alguien está buscando exactamente a alguien como tú.


Publicado en este espacio con expresa autorización del autor.

Traducción al español GCS


Original version

THE MOST EXPENSIVE JOB SEARCH MISTAKE ISN'T THE CV.

It's hiding the green banner Open to Work

Recruiters scroll past thousands of quiet profiles every week.

The ones with "Open to Work" up?

Those are the ones that actually get found.

You're not broadcasting desperation.
  • You're broadcasting visibility.
  • You're broadcasting confidence.
  • You're broadcasting "come find me before my competition does."

Some of the sharpest professionals I know wear that banner proudly:
  • The finance manager between roles by choice.
  • The engineer who just relocated.
  • The graduate who hasn't had their first "yes" yet, but will.

None of them are less qualified for saying it out loud.

If anything, they're easier to spot than the ones playing hide-and-seek with their own careers.

So here's the real question hiring managers should be asking:

Not  "why are they open to work?"

But "why aren't more people brave enough to say it?"

If you're wearing the banner right now, wear it loud. 

Someone's search algorithm is looking for exactly you.

domingo, 19 de julio de 2026

LA PRÓXIMA REVOLUCIÓN EDUCATIVA NO SERÁ TECNOLÓGICA

 


Por Sebastián Vons MSc, Sports Event Management, Wellness and Community engagement.

La educación enfrenta una crisis de propósito

Durante décadas diseñamos sistemas educativos para transmitir conocimiento. Hoy el conocimiento está disponible en segundos.

“Lo que comienza a escasear es la capacidad para interpretarlo, cuestionarlo y transformarlo en buenas decisiones”

La Inteligencia Artificial está reduciendo el costo de acceder a la información y automatizando tareas cognitivas que antes requerían alta especialización. Frente a este escenario, la OCDE no propone una revolución tecnológica, sino una redefinición del propósito de la educación: desarrollar personas capaces de aprender durante toda la vida, actuar con autonomía y tomar decisiones responsables en contextos complejos e inciertos.

En otras palabras, la pregunta estratégica ya no es: ¿cómo incorporar IA en las aulas? La verdadera pregunta es: ¿qué capacidades deberán desarrollar las próximas generaciones para convivir con ella?

“Pensamiento crítico, juicio, creatividad, ética y liderazgo dejan de ser habilidades complementarias para convertirse en activos económicos centrales”

La verdadera brecha ya no es tecnológica

Hanover Research encontró que solo el 19 % de los estudiantes afirma haber recibido orientación docente para utilizar IA como herramienta de aprendizaje. El dato no puede extrapolarse automáticamente a todos los países, pero revela una tendencia global.

“La tecnología avanza mucho más rápido que nuestra capacidad institucional para enseñar a utilizarla de manera crítica y responsable”

El Stanford AI Index describe una aceleración sin precedentes en el desarrollo de modelos de IA, mientras que UNESCO insiste en una alfabetización digital basada en principios éticos y centrada en las personas. Ambos diagnósticos convergen en una misma idea:

“La verdadera brecha ya no es tecnológica; es educativa, organizacional y humana”

Lo que empieza a diferenciar a las organizaciones ya no es únicamente la tecnología que poseen, sino la calidad del capital humano capaz de comprenderla, cuestionarla, adaptarla e integrarla estratégicamente en sus procesos de decisión.

“La tecnología avanza; la preparación humana intenta alcanzarla”

El docente deja de transmitir respuestas y comienza a construir criterio

Si el conocimiento deja de ser escaso, el trabajo del docente cambia para siempre.

Su valor ya no reside únicamente en explicar contenidos, sino en enseñar a interpretar información, formular mejores preguntas, evaluar evidencia, identificar sesgos y tomar decisiones responsables.

Ninguna de estas instituciones analizadas propone reemplazar al docente mediante IA. Por el contrario, todas coinciden en fortalecer su rol como moderador de experiencias de aprendizaje, mentor y arquitecto del desarrollo humano.

El caso de Khanmigo infiere que la IA no será utilizada para sustituir la enseñanza, sino para liberar tiempo y permitir que los docentes se concentren en aquello que ninguna tecnología puede reemplazar.

“Desarrollar criterio, Autonomía, Creatividad y Propósito”

La Inteligencia Artificial puede democratizar el acceso al conocimiento. La educación deberá democratizar la capacidad de pensar.

Cuando ciencia, educación y deporte hablan el mismo idioma

La convergencia más sorprendente de esta investigación quizás no provenga de Silicon Valley, sino del Movimiento Olímpico. Mientras gran parte del debate internacional se concentra en algoritmos y automatización, el Comité Olímpico Internacional continúa invirtiendo en liderazgo, resiliencia, excelencia, respeto, amistad e inclusión mediante iniciativas como OVEP, Olympism365 y Fit for the Future.

OVEP propone una pedagogía basada en la experiencia:

“Aprender haciendo, Reflexionar sobre la acción, Trabajar en equipo, Resolver conflictos y Construir ciudadanía”

El deporte deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un entorno privilegiado para desarrollar capacidades humanas que hoy gran diversidad de organizaciones internacionales identifican como esenciales para el futuro.

La conclusión es difícil de ignorar ya que ninguna de estas instituciones coloca realmente la tecnología en el centro de su estrategia.

“Todas colocan a las personas. La IA aparece como un acelerador del cambio. El verdadero motor del desarrollo continúa siendo el capital humano”

 La nueva infraestructura estratégica

Después de analizar los marcos estratégicos de la OCDE, UNESCO, Stanford HAI, OpenAI, Khan Academy y el Comité Olímpico Internacional, una conclusión se repite con notable consistencia.

“La Inteligencia Artificial no está reduciendo el valor del capital humano; está aumentando el valor del capital humano de mayor calidad”

La pregunta estratégica ya no es quién desarrollará la próxima generación de modelos de IA. La pregunta es mucho más desafiante.

¿Quién desarrollará a las personas capaces de utilizarlos con criterio, liderazgo, ética y propósito?

Porque si la tecnología se democratiza —y todo indica que así será—, la verdadera ventaja competitiva dejará de estar en el acceso a la Inteligencia Artificial. Estará en la capacidad de formar seres humanos que sepan convertirla en innovación, prosperidad y bienestar colectivo.

“La próxima gran ventaja competitiva no será tecnológica. Será la capacidad de desarrollar mejor el potencial humano”

 La próxima ventaja competitiva probablemente no tendrá código. Tendrá nombre y apellido. ¿Estamos formando a esas personas?


Publicado en LinkedIn el 16 de julio de 2026 y en este espacio con expresa autorización del autor.


jueves, 16 de julio de 2026

OBSOLESCER NO ES DESTRUIR EL PASADO. ES IMPEDIR QUE EL PASADO DESTRUYA EL FUTURO.

 


Por Walter F. Torre, Fundador de IBKIN Institute. (International Bureau of knowledge and Innovation.

Hay algunas empresas que se obsesionan por mantener lo que conquistaron. Hay otras que se obsesionan con obsolescer lo que conquistaron.

Las primeras aman el pasado y construyen un lenguaje que lo blinda. Hablan de lo que hicieron, de lo que no puede hacerse, de lo imposible, de lo valioso que todavía creen que es aquello cuyo tiempo ya pasó.

Las segundas construyen un lenguaje diferente. Apuestan por la intuición, cultivan la inspiración y abren conversaciones sobre preguntas que todavía nadie se ha atrevido a formular.

Quienes eligen subsistir en la obsolescencia resguardan la memoria por encima del pensamiento. El recuerdo se transforma en una emoción que limita lo diferente y convierte en amenaza todo aquello que podría desafiar sus certezas.

Quienes eligen volver obsoleto el pasado que insiste en prolongarse en un presente continuo no lo destruyen ni lo desprecian. Lo someten a prueba y rescatan de él aquello que aún conserva valor para inspirar el futuro: los principios, el espíritu de conquista, la disciplina, la perseverancia.

Las empresas obsesionadas con la continuidad esconden sus errores entre las raíces del árbol de la rentabilidad. Lo hacen creyendo que cuidar un árbol consiste únicamente en admirar sus frutos, sin advertir que son las raíces las que, silenciosamente, comienzan a morir.

Las organizaciones que se obsesionan con discontinuar lo obsoleto cultivan, en cambio, su propio desarrollo. Comprenden que la innovación es como el agua: no embellece las hojas, sino que alimenta las raíces invisibles desde donde nace todo lo nuevo.

Las empresas que solo preservan el pasado terminan copiando y celebrando lo que otros hacen, casi siempre con retraso. Las que se atreven a discontinuar lo inútil crean, experimentan, se equivocan y convierten esos errores en la materia prima de lo extraordinario.

La continuidad y la discontinuidad no son estrategias; son elecciones culturales. Una busca preservar los resultados alcanzados. La otra procura que esos resultados sigan siendo posibles mañana.

Elegir entre el narcisismo de lo igual y la honestidad de lo diferente constituye el verdadero salto de una organización que no solo quiere liderar un mercado, sino también liderarse a sí misma.

Obsolescer no es destruir el pasado. Es impedir que el pasado destruya el futuro.

 

Publicado el 14 de julio de 2026 en LinkedIn y en este espacio con expresa autorización del autor.