Por Andrés Hatum, Profesor en la Universidad
Torcuato Di Tella. Lic. en Cs. Políticas, MBA, PHD in Management &
Organization.
Después de años de construir experiencia y
prestigio, muchos ejecutivos descubren que lo más difícil no es cambiar de
trabajo, sino redefinir quiénes quieren ser.
Hay un momento particularmente raro en muchas
carreras profesionales que no necesariamente ocurre después de un despido, de
una crisis espectacular ni de una pelea con el jefe. A veces aparece
silenciosamente una mañana cualquiera, mientras se mira la computadora y se
piensa: “Sé que esto ya no lo quiero, pero no tengo la menor idea de qué
quiero”. Bienvenidos al limbo profesional.
Es ese territorio extraño en el que el pasado
laboral empieza a quedar chico, pero el futuro todavía es una hoja en blanco.
Se tiene un cargo, una profesión, una reputación, experiencia y probablemente
un buen currículum. El problema es que todo eso explica perfectamente
quién fue uno, pero cada vez menos quién quiere ser. Y ahí comienza la
desesperación.
Porque nos educaron para pensar las carreras
como si fueran autopistas: se elegía una profesión, se ingresaba a una
organización, se ascendían algunos escalones y, con suerte, se llegaba a
destino. Había desvíos, por supuesto, pero el camino estaba más o menos
señalizado. El problema es que las carreras actuales se parecen bastante menos
a una autopista y bastante más a esos caminos donde, de repente, aparecen
varias bifurcaciones y ningún cartel.
La primera reacción suele ser buscar la
respuesta correcta. ¿Qué debería hacer? ¿En qué soy realmente bueno? ¿Cuál es
mi pasión? ¿Dónde me veo dentro de diez años? Y entonces vienen los tests,
el coach, los libros, las conversaciones, los fines de semana
introspectivos y, en algunos casos, una sobredosis de TED Talks. Todo puede
ayudar. Pero existe una trampa: creer que uno tiene que descubrir su
próxima vida profesional antes de empezar a vivirla.
Herminia Ibarra, profesora de London Business
School y una de las principales investigadoras sobre transiciones de carrera,
lleva años demostrando algo bastante contraintuitivo. En su libro Working
Identity, basado en su investigación sobre profesionales que cambiaban
de carrera, plantea que la reinvención no suele funcionar siguiendo la
secuencia “primero descubro quién quiero ser y después actúo”. Muchas veces
ocurre exactamente al revés: se actúa, se experimenta y, a partir de esas
experiencias, se va descubriendo quién se podría llegar a ser.
Nadie resuelve una crisis de carrera meditando
en un sillón. Pensar es necesario; quedarse exclusivamente pensando puede
convertirse en una forma bastante sofisticada de no hacer nada. La
obsesión por encontrar “la respuesta definitiva” genera parálisis por análisis: se
recorren veinte escenarios posibles en la cabeza y se descartan todos antes
siquiera de haber probado uno (y mientras tanto uno sigue sentado frente a la
computadora, cuestionándose la vida).
Ibarra utiliza una idea particularmente
potente: los “provisional selves”, algo así como identidades profesionales
provisionales. En una investigación publicada en Administrative Science
Quarterly, observó que las personas que asumían nuevos roles
profesionales ensayaban distintas versiones de sí mismas: observaban modelos,
probaban comportamientos y luego evaluaban qué les resultaba auténtico y qué
no. Es decir, la nueva identidad no aparecía por revelación, sino que se iba
construyendo mediante experimentos. Esto explica por qué, frente al limbo
profesional, es preferible hablar de micro experimentos antes que de grandes
decisiones.
Quien crea que podría dedicarse a otra
actividad no necesita renunciar de inmediato: primero puede participar en un
proyecto vinculado con ese interés. Si le atrae otra industria, conviene
conversar con al menos cinco personas que ya trabajen en ese ámbito. Si hay
algo que despierta su curiosidad, aunque todavía no sepa para qué podría
servirle, puede hacer un curso corto. Y si fantasea con enseñar, emprender,
asesorar o escribir, lo mejor es probarlo en una escala pequeña. El
objetivo del micro experimento no es alcanzar el éxito, sino generar
información.
Bill Burnett y Dave Evans utilizan una lógica
similar en Designing Your Life, desarrollado a partir de su
experiencia en Stanford: aplicar herramientas del design thinking a
las decisiones vitales. Frente a problemas donde no se conoce de antemano la
solución, proponen construir prototipos. En lugar de imaginar durante meses
cómo sería determinada vida profesional, postulan hacer una versión pequeña y
barata de ella y aprender de la experiencia. La palabra clave es curiosidad.
Mark Savickas y Erik Porfeli, dos referentes en
investigación sobre adaptabilidad de carrera, identifican precisamente cuatro
recursos para afrontar transiciones laborales: preocupación por el futuro,
control sobre las propias decisiones, curiosidad por las posibilidades y
confianza para perseguirlas. La curiosidad no es entonces un lujo
intelectual, es una competencia profesional que hay que desarrollar. Permite
explorar futuros antes de comprometerse con ellos.
Hay, sin embargo, otra dificultad. Para
reinventarse hay que aceptar temporalmente algo que a muchos profesionales
exitosos les resulta insoportable: volver a ser principiantes. Después de
veinte o treinta años construyendo expertise, reconocimiento y
estatus, no resulta sencillo entrar a un lugar donde nadie nos conoce
demasiado, hacer preguntas elementales o descubrir que alguien veinte años
menor sabe muchísimo más que uno. Nuestra experiencia, que fue una enorme
ventaja durante años, puede convertirse en un yunque si se pretende que el
futuro sea simplemente una extensión del pasado.
William Bridges llamó “zona neutral” a ese
espacio de transición en el que lo anterior terminó psicológicamente pero lo
nuevo todavía no comenzó del todo. Es incómodo porque las personas se quedan
momentáneamente sin las referencias que les daban seguridad. Pero Bridges
advertía que esa zona aparentemente improductiva es también un período de
reorientación. No hay que atravesarla desesperadamente, hay que
aprovecharla.
Quizás ese sea uno de los grandes desafíos de
las carreras contemporáneas: aprender a tolerar períodos en los que la
identidad profesional todavía está en construcción. Durante décadas a
los profesionales les enseñaron a acumular certezas: título, cargo,
especialidad, experiencia, reputación. Todo debía llevarlos hacia una
definición cada vez más precisa de sus personas: “Yo soy esto”. Pero una
carrera larga probablemente requiera decir varias veces: “Yo fui esto. Ahora
estoy viendo qué puedo ser”.
No significa tirar por la borda treinta años de
experiencia. Al contrario. La experiencia es capital acumulado, es criterio,
relaciones, conocimiento y cicatrices de errores que ya se cometieron. Pero ese
capital puede combinarse de maneras diferentes. El problema aparece cuando se
confunde experiencia con identidad.
Hay personas que no extrañan su trabajo
anterior, sino que extrañan la jerarquía que tenían. Otras no extrañan la empresa,
extrañan la sensación de saber perfectamente qué hacer. Y muchas descubren que
lo más difícil de cambiar de carrera no es aprender algo nuevo, sino abandonar
la explicación que durante años les dieron a los demás —y a sí mismas— sobre
quiénes eran. Por eso el limbo profesional no se resuelve necesariamente
encontrando una gran respuesta sino que se atraviesa acumulando pequeñas
evidencias.
Una carrera no se diseña solamente corriendo y
mirando hacia adelante. Se puede construir caminando y, posiblemente, haya
momentos en los que no se sabe exactamente hacia dónde se está yendo. No importa. Cuando el mapa todavía
no existe, el próximo paso puede ser más importante que conocer el destino.




