Blog de Guillermo Ceballos Serra y sus Invitados
OCTUBRE 2026
domingo, 25 de octubre de 2026
SANTIAGO BILINKIS: "La IA NO TIENE VALORES. Es una CAJA DE PANDORA”.
Inteligencia artificial: el desafío no es tecnológico, es humano.
La inteligencia artificial no solo transforma cómo trabajamos, sino también cómo pensamos, decidimos y ejercemos el poder.
Su capacidad para influir en nuestras decisiones plantea interrogantes que van mucho más allá de la eficiencia.
¿Qué sucede cuando delegamos decisiones humanas en sistemas que no poseen conciencia, valores ni responsabilidad moral? El desafío para Recursos Humanos, es profundo: preservar la autonomía, el pensamiento crítico y la dignidad de las personas.
La tecnología puede optimizar procesos, pero no reemplazar el juicio ético ni la responsabilidad del liderazgo.
Las organizaciones deberán preguntarse no solo qué puede hacer la IA, sino qué deberían permitirle hacer.
El verdadero riesgo no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos renunciemos a pensar.
El futuro del trabajo dependerá menos de la tecnología que adoptemos y más de los valores con los que decidamos utilizarla.
domingo, 4 de octubre de 2026
POR QUÉ FRACASA LA ESTRATEGIA CUANDO DEJA AFUERA A LAS PERSONAS
Por Luis Molouny, Managing Partner, Ascent
La conversación con Roberto Vassolo dejó algo
más que un nuevo marco para pensar la planificación. Abrió una pregunta más
profunda: ¿qué cambia cuando entendemos la empresa como una comunidad de
personas llamadas a participar, servir y entregarse a los demás?
Hay conversaciones que no terminan cuando se
apaga la cámara. Siguen trabajando por dentro. Nos llevan a revisar certezas, a
volver sobre nuestras decisiones y a preguntarnos qué clase de organizaciones
estamos construyendo.
Eso me pasó después de moderar la conversación de ACDE con Roberto Vassolo, profesor de Estrategia del IAE
Business School y autor, junto con Natalia Weisz, de Strategy as Leadership.
Roberto comenzó con una paradoja conocida por
quienes acompañamos empresas: dedicamos tiempo, información y recursos a la
planificación estratégica, pero muchas veces la organización cambia poco. Las
presentaciones son impecables. Las prioridades parecen claras. Sin embargo,
algo no avanza.
Tal vez porque seguimos pensando la estrategia
como si fuera solamente un problema técnico.
No perseguir todas las ratas
Roberto utilizó una imagen muy gráfica. Un león
necesita concentrarse en presas grandes. No puede gastar toda su energía
persiguiendo cada pequeño animal que se cruza en su camino. Sin embargo, en
muchas mesas directivas sucede exactamente lo contrario: pasamos el día
persiguiendo “ratas” y perdemos de vista los verdaderos desafíos.
Hacer estrategia es acordar prioridades. Pocas.
Relevantes. Sostenidas en el tiempo.
Pero las prioridades no aparecen en el vacío.
Las empresas navegan corrientes: una recesión, la maduración de una industria,
la irrupción de una tecnología, un cambio regulatorio o una transformación en
los hábitos de los clientes. Podemos estudiar esas corrientes y aprender a
movernos dentro de ellas. Lo que no podemos hacer es ignorarlas o pretender
vencerlas a fuerza de voluntad.
Hasta allí llega la dimensión técnica.
Necesaria, pero insuficiente.
Cada nueva prioridad produce también pérdidas.
Alguien puede perder poder, reconocimiento, competencias, autonomía o una
manera de trabajar que formaba parte de su identidad. Y esas pérdidas no se
distribuyen de manera pareja. Una oportunidad de crecimiento para algunos
también puede ser vivida por otros como una amenaza.
Cuando esas pérdidas no se nombran, no se
conversan de manera sistemática y no se procesan, regresan convertidas en
resistencia.
La estrategia es con todos
Mientras escuchaba a Roberto, fui ordenando su
propuesta alrededor de tres ideas: la estrategia es con todos, la autoridad es
una relación de servicio y liderar exige poner el cuerpo.
Decir que la estrategia es con todos no
significa someter cada decisión técnica a una asamblea. Tampoco es organizar
una reunión para que las personas hablen cuando la decisión ya fue tomada. Eso
no es participación. Es una puesta en escena y, tarde o temprano, quienes
participaron se sienten usados.
La planificación estratégica puede entenderse
como un proceso de conversaciones organizacionales ordenadas e informadas.
Conversaciones con datos, prioridades y restricciones reales. Pero también con
espacio para que aparezcan las voces de quienes conocen partes de la realidad
que la dirección no alcanza a ver.
Roberto recordó una idea de Karol Wojtyla en Persona
y acción: dentro de una comunidad, la alternativa es participación o
alienación. Cuando una persona puede aportar desde su libertad y
responsabilidad, participa. Cuando solamente ejecuta una voluntad ajena y es
tratada como una extensión de otro, se aliena.
Esto adquiere una importancia particular frente
a la inteligencia artificial. Justamente porque nadie conoce por completo el
camino que viene, necesitamos más voces alrededor de la mesa. La tecnología
puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede reemplazar el trabajo humano
de escuchar, discernir y construir sentido en común.
La autoridad que devuelve preguntas
La segunda idea modifica nuestra comprensión de
la autoridad.
El CEO no está llamado a conocer todas las
respuestas. Es responsable de que exista un buen proceso para buscarlas y,
llegado el momento, de tomar la decisión que le corresponde. Escuchar no
elimina su responsabilidad. La hace más exigente.
En los desafíos adaptativos, liderar muchas
veces significa resistir la tentación de resolver rápidamente el problema de
los demás. Cuando alguien pregunta “¿qué hago?”, la respuesta más responsable
puede ser otra pregunta: “¿vos qué pensás que deberíamos hacer?”.
Es una conversación incómoda. Para quien
pregunta y para quien conduce.
Durante el encuentro intenté resumirlo de esta
manera: en esas conversaciones se destruye la pseudocerteza y se construye el
asombro. Se pierde la comodidad de creer que alguien conoce todo el camino,
pero se abre la posibilidad de aprender juntos.
La autoridad deja entonces de ser dominio y se convierte en servicio. No renuncia a decidir. Renuncia a instrumentalizar.
Poner el cuerpo
La tercera idea apareció con fuerza en la
historia de Enrique Shaw.
En 1961, la conducción de Corning Glass Works,
nueva accionista mayoritaria de Cristalerías Rigolleau, impulsó una
reestructuración que contemplaba el despido de 1.200 trabajadores. Enrique,
entonces director delegado de Rigolleau, coincidía con la necesidad de afrontar
el problema, pero no con que todo el costo recayera sobre los empleados.
No respondió con una declaración de valores.
Viajó a Estados Unidos, aun estando enfermo, y defendió personalmente un plan
alternativo. Asumió el riesgo de perder su cargo y comprometió su propia
seguridad para intentar preservar las fuentes de trabajo. La historia completa,
recuperada por Portal Empresa, muestra que su preocupación por
las personas no estaba separada de su capacidad profesional.
Enrique hizo análisis económico. Negoció.
Propuso medidas concretas. Y puso el cuerpo.
Tiempo después, cuando necesitó transfusiones
por su enfermedad, cientos de trabajadores se acercaron a donar sangre. Hay
algo profundamente simbólico en esa imagen: quien había entregado su vida por
los demás recibió, literalmente, la vida de ellos.
Eso es mucho más que empatía. Es comunión.
Hacia una teología de la empresa
Sobre el final, Roberto planteó una inquietud
que considero esencial para ACDE: todavía nos falta desarrollar una teología
sistemática de la empresa. No solamente una ética empresarial ni una
recopilación de principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Necesitamos
preguntarnos qué nos revela la fe acerca de la naturaleza, las heridas y la
vocación de la empresa.
La propuesta que nos hace Roberto es emplear la
metodología desarrollada por san Juan Pablo II en su teología del cuerpo.
Juan Pablo II no comenzó ofreciendo una lista
de normas. Volvió “al principio”, observó la experiencia humana a la luz de la
Revelación, reconoció la herida introducida por el pecado y mostró el camino de
la redención. En el centro de esa mirada colocó la hermenéutica
del don: la persona
se descubre plenamente cuando se recibe como don y aprende a entregarse.
Aplicar esta metodología a la empresa no
significa afirmar que una organización sea una persona. Significa preguntarnos
qué hace visible su “cuerpo” institucional: sus procesos, incentivos,
conversaciones, organigramas, presupuestos y maneras de distribuir beneficios y
pérdidas.
Porque las prácticas hacen visible la
antropología real de una empresa. Podemos declarar que las personas están en el
centro, pero son las decisiones concretas las que muestran si las reconocemos
como fines o las utilizamos como medios.
Volver “al principio” nos permite descubrir que
la empresa nace de una capacidad profundamente humana: asociarnos para crear
algo que ninguno podría realizar solo. La empresa es cooperación, creatividad y
servicio. Es una comunidad de personas que produce bienes y servicios para
otras personas.
La herida aparece cuando esa cooperación se
transforma en dominio; cuando el beneficio, necesario para la continuidad, se
convierte en fin absoluto; cuando la información se concentra para controlar;
cuando la participación es fingida o cuando las pérdidas siempre recaen sobre
los mismos.
La redención comienza allí donde las relaciones
pueden ser sanadas: cuando la verdad vuelve a circular, la autoridad sirve, las
personas participan y quien conduce asume también una parte del costo. La
gracia no reemplaza la competencia profesional. La orienta, la purifica y la
lleva a su plenitud.
En este sentido, la afirmación de Centesimus
annus conserva
toda su fuerza: la empresa no es solamente una sociedad de capitales; es
también una sociedad de personas.
Organizaciones en las que valga la pena vivir
Una estrategia humanamente buena no es
necesariamente la que evita todas las decisiones dolorosas. A veces será
necesario cerrar una línea, transformar capacidades o abandonar una actividad.
La pregunta es cómo llegamos a esa decisión, quiénes pudieron participar, cómo
se distribuyeron las pérdidas y quién estuvo dispuesto a poner el cuerpo.
Tal vez, entonces, el proceso estratégico deba
responder algo más que dónde queremos estar dentro de tres años.
¿Qué clase de personas estamos llegando a ser
mientras construimos ese futuro? ¿Nuestra manera de dirigir ayuda a los demás a
participar y crecer? ¿O los convierte en recursos para alcanzar nuestros
propios objetivos? ¿La empresa sirve a la vida o termina reclamando que la vida
se sacrifique por ella?
Me quedo con esas preguntas. Y con la
convicción de que una empresa más participativa no es una empresa menos
exigente. Es una organización más verdadera, más responsable y, en el largo
plazo, también más efectiva.
Una organización en la que vale la pena
trabajar. En la que vale la pena comprometerse. En la que nadie necesita dejar
de ser persona para formar parte.
Quizás la teología de la empresa comience
precisamente allí: cuando dejamos de mirar la organización como una abstracción
y reconocemos los rostros concretos de quienes la integran. Cuando renunciamos
a usarlos. Cuando abrimos la conversación. Cuando asumimos nuestra
responsabilidad.
Cuando ponemos el cuerpo.
Publicado en Portal Empresa el 11 de septiembre de 2026 y en este espacio con expresa autorización del autor.
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lunes, 28 de septiembre de 2026
REINVENTARSE ANTES DE QUE SEA NECESARIO
Por Guillermo Ceballos Serra
Prepararnos hoy para trabajos y
oportunidades que todavía no existen.
Durante buena parte del siglo XX, la carrera
profesional respondía a un modelo relativamente previsible. Una persona
ingresaba a una organización, aprendía su oficio, desarrollaba experiencia,
asumía mayores responsabilidades y, después de varias décadas, llegaba a la
jubilación.
Existía una suerte de contrato psicológico no
escrito: si el empleado demostraba compromiso, lealtad y buenos resultados, la
organización le ofrecería estabilidad y oportunidades de crecimiento. En muchos
casos, ese acuerdo se traducía en una expectativa de empleo vitalicio.
Ese modelo comenzó a desmoronarse durante
los años ochenta. Las reestructuraciones empresariales, las fusiones, las
adquisiciones y los cambios en las condiciones de competencia modificaron
profundamente las relaciones laborales. Las organizaciones dejaron de poder
garantizar la continuidad del empleo y las personas descubrieron que su
compromiso y sus buenos resultados tampoco aseguraban su permanencia.
Sin embargo, aunque las reglas del juego
cambiaron hace décadas, muchas personas continuaron administrando sus carreras
profesionales como si aquel contrato todavía existiera. Y allí encontramos uno
de los mayores desafíos de la reinvención profesional.
Del contrato psicológico a la responsabilidad
sobre nuestra carrera
En un artículo anterior, «Del ponerse la camiseta a trabajar
con IA: el nuevo contrato psicológico», reflexioné sobre la evolución de las
expectativas entre las personas y las organizaciones.
El viejo acuerdo, basado en estabilidad y
lealtad, fue dando paso a una relación en la que la empleabilidad, el
aprendizaje y la capacidad de aportar valor adquirieron una importancia
creciente. Peter Cappelli, de quien tuve la oportunidad de ser alumno en
Wharton, describió magistralmente esta transformación en su libro The New Deal at Work,
publicado en 1999.
Si las organizaciones ya no podían prometer
empleo de por vida, tampoco podían esperar lealtad incondicional. El nuevo
acuerdo comenzó a construirse sobre una lógica diferente: mientras trabajemos
juntos, generemos valor para ambas partes.
Pero esta transformación tiene una consecuencia
que no siempre terminamos de asumir:
Si una organización ya no puede garantizar
nuestra continuidad laboral, tampoco podemos delegarle la responsabilidad sobre
nuestro desarrollo profesional.
Podemos comprometernos profundamente con una
empresa, identificarnos con sus valores y contribuir a sus resultados. Pero
nuestra carrera profesional debe trascender sus límites. Nuestro puesto de
trabajo puede ser transitorio; nuestro desarrollo personal y profesional nos
acompaña durante toda la vida.
¿Qué lugar ocupan los programas de desarrollo
de talento en este nuevo escenario?
Si las organizaciones ya no pueden garantizar
la continuidad laboral y cada persona debe asumir la responsabilidad sobre su
carrera, ¿hasta dónde siguen siendo útiles los programas internos de desarrollo
de talento?
Tradicionalmente orientados a identificar
potencial, preparar sucesores y facilitar promociones internas, estos programas
necesitan revisar sus objetivos frente a un futuro cada vez menos previsible.
¿Estamos preparando personas para ocupar
posiciones que probablemente desaparecerán? ¿O estamos desarrollando las
capacidades necesarias para desempeñarse en posiciones que todavía no existen y
que, por ahora, solo podemos imaginar?
Los programas de desarrollo siguen siendo
fundamentales, pero deben trascender las necesidades actuales del negocio,
fortalecer competencias transferibles y preparar a las personas para adaptarse
a escenarios que aún desconocemos.
El nuevo contrato psicológico debería
construirse sobre un compromiso recíproco: la organización ofrece oportunidades
de desarrollo y la persona asume la responsabilidad de aprovecharlas para
construir su trayectoria profesional.
La empresa no puede garantizarme un puesto de
trabajo para toda la vida, pero puede contribuir a que desarrolle las
capacidades necesarias para seguir construyendo mi futuro profesional, probablemente una de las promesas
más valiosas que una organización puede ofrecer hoy.
Lo que nos trajo hasta aquí no necesariamente
nos llevará hasta allá
Marshall Goldsmith popularizó esta idea
extraordinariamente poderosa en su libro What Got You Here Won't Get You
There, publicado en 2007.
Esta afirmación, originalmente vinculada al desarrollo del liderazgo, adquiere una dimensión particularmente interesante cuando pensamos en la reinvención profesional. Las competencias, los conocimientos y las conductas que nos permitieron construir una carrera exitosa no necesariamente serán suficientes para enfrentar los desafíos de nuestra próxima etapa.
Un ejecutivo que decide iniciar una actividad
independiente probablemente necesitará desarrollar competencias comerciales,
construir nuevas relaciones profesionales y aprender a desenvolverse en un
contexto diferente.
Un profesional reconocido durante décadas como
experto en su disciplina puede descubrir que necesita incorporar herramientas
digitales, comprender nuevas tecnologías o desarrollar conocimientos en áreas
hasta entonces ajenas a su especialidad.
El problema no es que su experiencia haya
perdido valor. El problema aparece cuando supone que esa experiencia, por sí
sola, será suficiente para enfrentar cualquier desafío futuro.
Aquí encontramos una paradoja: cuanto más
exitosa ha sido nuestra trayectoria, más difícil puede resultar cuestionar las
fórmulas que nos permitieron construirla.
El riesgo de confundir nuestra carrera con
nuestro puesto de trabajo
En mi experiencia acompañando ejecutivos y
profesionales en procesos de desarrollo y transición laboral, he observado una
situación recurrente.
Personas que han dedicado veinte o treinta años
a construir carreras exitosas descubren, ante una reestructuración, una
desvinculación o el deseo de iniciar una nueva etapa, que han dejado de pensar
en su propio desarrollo. Conocen profundamente la organización en la que
trabajan, sus procesos y su cultura. Han desarrollado relaciones sólidas y
alcanzado posiciones de responsabilidad. Sin embargo, muchas veces no se han
detenido a reflexionar sobre qué podrían hacer fuera de ese entorno.
No se trata de falta de capacidad, sino de
haber confundido el desarrollo dentro de una organización con el desarrollo de
la propia carrera profesional. Ambos pueden coincidir durante muchos años, pero
no son necesariamente lo mismo.
Por eso, necesitamos preguntarnos periódicamente qué estamos construyendo más allá de nuestro cargo actual: ¿Qué competencias estoy desarrollando? ¿Qué conocimientos podrían quedar desactualizados? ¿Qué habilidades podrían ser valiosas en otras actividades? ¿Qué nuevas relaciones profesionales estoy construyendo?
Y la pregunta más importante:
Si mañana desapareciera mi puesto de trabajo,
¿qué parte de mi experiencia seguiría teniendo valor fuera de esta
organización?
La búsqueda de la empleabilidad no comienza cuando perdemos el
empleo.
La empleabilidad no consiste solamente en tener
posibilidades de conseguir un nuevo trabajo. Implica desarrollar y mantener
nuestra capacidad de aportar valor en diferentes contextos, organizaciones y
etapas de la vida.
Las organizaciones pueden y deben contribuir al
desarrollo de sus colaboradores mediante capacitación, experiencias desafiantes
y oportunidades de movilidad, pero ninguna organización puede aprender por
nosotros.
La responsabilidad sobre nuestra empleabilidad
es compartida, aunque la administración de nuestra trayectoria profesional es,
en última instancia, personal.
La inteligencia artificial vuelve esta cuestión
todavía más relevante. Las transformaciones tecnológicas ya no afectan
solamente tareas operativas o repetitivas; también están modificando
actividades cognitivas propias de profesionales altamente especializados.
La pregunta no debería ser únicamente qué
puestos desaparecerán o cuáles serán creados, sino qué nuevas capacidades
necesitamos desarrollar para seguir aportando valor.
La experiencia y la tecnología no son fuerzas
opuestas. Pueden convertirse en una combinación extraordinariamente poderosa,
siempre que estemos dispuestos a aprender nuevamente.
El desafío de volver a ser principiantes
Aprender no consiste solamente en incorporar
nuevos conocimientos. También implica cuestionar ideas, hábitos y formas de
trabajar que nos permitieron alcanzar buenos resultados en el pasado, pero que
pueden limitar nuestro desarrollo futuro.
Desaprender no significa olvidar nuestra
experiencia, sino revisar aquello que damos por sentado.
Esto puede resultar especialmente desafiante
cuando hemos construido nuestra identidad profesional alrededor de ser
reconocidos como expertos. Después de muchos años de experiencia, volver a ser
principiantes puede generar incomodidad.
Debemos aceptar que existen cosas que no
sabemos, que necesitamos pedir ayuda y que otras personas, incluso mucho más
jóvenes, pueden enseñarnos.
La experiencia acumulada nos proporciona
criterio y perspectiva. Los nuevos aprendizajes amplían nuestras posibilidades
de utilizar ese capital en contextos diferentes.
No necesitamos elegir entre experiencia y
aprendizaje. Necesitamos aprender a combinarlos.
Reinventarse antes de que sea necesario
Solemos asociar la reinvención con situaciones
de crisis: una desvinculación, una jubilación o una transformación profunda de
nuestra actividad. Creo que deberíamos comenzar a pensarla mucho antes.
Reinventarse también puede significar estudiar
una disciplina complementaria, desarrollar nuevas competencias, participar en
comunidades profesionales diferentes o explorar intereses postergados durante
años.
No siempre requiere abandonar el trabajo
actual. A veces comienza simplemente con ampliar nuestra mirada. Cuanto antes
iniciemos ese proceso, mayores serán nuestras posibilidades de explorar
alternativas sin la presión que acompaña a los cambios inesperados.
Reinventarse no significa empezar desde cero.
Cada trayectoria nos permite acumular
conocimientos, habilidades, relaciones y aprendizajes que constituyen un
capital extraordinariamente valioso. El desafío consiste en reconocerlo y
encontrar nuevas maneras de utilizarlo. No se trata de negar nuestro pasado,
sino de evitar que se convierta en un límite para nuestro futuro.
Nuestra carrera profesional es un proyecto que
nunca termina
Nuestra vida profesional ya no consiste en una
única carrera, definida tempranamente y desarrollada de manera lineal hasta la
jubilación.
Podemos pensarla, en cambio, como una sucesión
de etapas conectadas entre sí, en las que acumulamos experiencias,
desarrollamos capacidades y descubrimos nuevos intereses.
Algunas pueden transcurrir dentro de una misma
organización. Otras pueden llevarnos hacia actividades, industrias o proyectos
completamente diferentes.
Marshall Goldsmith nos recuerda que aquello que
nos permitió llegar hasta aquí puede no ser suficiente para llevarnos hacia dónde
queremos ir. Eso no significa que debamos abandonar lo que hemos construido.
Significa que necesitamos seguir construyendo.
La reinvención profesional no debería ser
solamente una respuesta a la pérdida de oportunidades. También puede ser una
manera de crearlas.
Entiendo que el verdadero desafío de nuestro
tiempo es aprender a administrar nuestra trayectoria con la misma dedicación
con la que administramos nuestras responsabilidades laborales, ya que las
organizaciones pueden ofrecernos oportunidades, pero no pueden vivir nuestra
vida profesional por nosotros.
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viernes, 18 de septiembre de 2026
SEMINARIO EJECUTIVO: EL ARTE DE REINVENTARSE
¿𝗖𝗼́𝗺𝗼 𝗿𝗲𝗶𝗻𝘃𝗲𝗻𝘁𝗮𝗿𝗻𝗼𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗳𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝘀𝗶𝗻 𝗲𝗺𝗽𝗲𝘇𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗰𝗲𝗿𝗼?
El mundo laboral cambia cada vez más rápido. Saber adaptarnos, identificar nuevas oportunidades y transformar nuestra experiencia en nuevas capacidades se convirtió en una habilidad clave.
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👥 𝗗𝗶𝗿𝗶𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗮: ejecutivos, gerentes, emprendedores, consultores y profesionales que estén atravesando un cambio o quieran proyectar una nueva etapa en su desarrollo profesional.
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🎙️ A cargo de Guillermo Ceballos Serra
Escuela de Negocios - Universidad del Museo Social Argentino
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jueves, 17 de septiembre de 2026
DEJAR DE SER MEDIOS PARA UN FIN: TRANSFORMANDO NUESTROS RECURSOS HUMANOS EN ALGO MÁS (O MUCHO MÁS)
Por Juan Manuel Garibaldi, Director de Capital Humano en Autopistas Urbanas S.A. (AUSA)
Recursos
Humanos, Personal, People, HR, Capital Humano… pueden ser simplemente nuevas
formas de nombrar la misma área o pueden representar algo mucho más profundo: una
evolución de nuestro rol dentro de las organizaciones.
En un
principio, nuestra área era esencialmente un lugar de “servicios”. Una
estructura que acompañaba de manera casi satelital al negocio principal —que
muchas veces ni sabía cómo nos llamábamos— y que se ocupaba principalmente del “qué”,
bastante menos del “cómo” y prácticamente nada del “para qué”.
Eso cambió.
Hoy nuestro
servicio se transformó en un partnership necesario para que el negocio
pueda desarrollarse, transformarse y mejorar. Aportamos ideas, participamos de
la mesa de decisión, ayudamos a repensar procesos y estructuras, discutimos
nuevos formatos de equipos y analizamos qué capacidades, habilidades y
conocimientos necesita la organización para enfrentar lo que viene.
Pero ahí
aparece la pregunta del millón:
¿Estamos
realmente preparados desde Capital Humano para semejante desafío?
¿Tenemos
dentro de nuestros propios equipos las capacidades necesarias para comprender
el negocio, la tecnología y las nuevas formas de trabajo? ¿Estamos preparados
para integrar personas, organización, datos e inteligencia artificial? ¿O
seguimos intentando responder a problemas nuevos con estructuras, perfiles y
herramientas pensados para otro momento?
Hay que poner
las barbas en remojo.
Durante mucho
tiempo fuimos quienes ayudamos a que otras áreas aprendieran, acompañamos a los
líderes en procesos de transformación y hablamos de reskilling, nuevas
competencias y cambio cultural. Ahora tenemos que ser capaces de aplicar esa
misma lógica sobre nosotros mismos.
Y
probablemente ésta sea una de las grandes tendencias que está redefiniendo
nuestra profesión: pasar de administrar puestos y estructuras a gestionar
capacidades.
La
planificación de personas ya no puede limitarse a preguntarnos cuántas personas
necesitamos. Tenemos que preguntarnos qué capacidades necesita el negocio,
cuáles tenemos hoy, cuáles debemos desarrollar y cuáles podemos potenciar con
tecnología e inteligencia artificial.
Eso modifica
profundamente nuestro rol.
Capital
Humano tiene la oportunidad de convertirse en un verdadero diseñador de la
organización y del trabajo: ayudar a definir cómo se combinan personas,
equipos, tecnología y AI para producir mejores resultados.
Y para
hacerlo tenemos que estar mucho más cerca.
Participar de
las reuniones. Entender el negocio. Conocer los problemas que todavía no tienen
solución. Leer datos. Preguntar sin vergüenza. Cuestionar procesos. Entender de
tecnología. Y, sobre todo, influir sobre las capacidades que el negocio
necesita desarrollar.
No desde un
rol de staff ni como el “sheriff” de la compañía, sino como verdaderos socios
estratégicos.
También
tenemos que revisar el famoso —y nunca bien ponderado— concepto de “cambio
cultural”.
Muchas veces
se lo utiliza como una forma elegante de romper lo existente sin construir algo
mejor. Y ése es un error grave. Porque cuando una transformación no logra
traducirse en nuevas formas concretas de trabajar, decidir, liderar y generar
valor, no sólo fracasa su implementación: deja además un sabor amargo que
condiciona cualquier intento futuro.
Hoy la
transformación tiene otra complejidad.
La AI ya no
debería ser solamente una herramienta que Capital Humano recomienda utilizar.
Nos obliga a rediseñar el trabajo. La discusión dejó de ser simplemente
qué tareas puede automatizar una máquina. La verdadera pregunta es qué
combinación entre capacidades humanas y tecnológicas puede generar más valor.
Y ahí aparece
algo paradójico: cuanto más tecnológica se vuelve una organización, más
importante se vuelve su dimensión humana.
Adaptabilidad,
pensamiento crítico, aprendizaje continuo, colaboración, liderazgo y capacidad
para interpretar y cuestionar los resultados que produce la tecnología empiezan
a ser tan relevantes como las competencias técnicas.
Por eso creo
que tenemos una oportunidad magnífica.
Podemos
evolucionar como trabajadores, como líderes y como organizaciones. Pero para
hacerlo Capital Humano también tiene que transformarse.
Herramientas
de gestión, datos para tomar mejores decisiones, aplicación seria de la AI,
aprendizaje continuo, equipos más flexibles y conocimiento profundo del negocio
son parte de esa transformación.
Quizás el
futuro de Recursos Humanos no consista en encontrar un nuevo nombre para
nuestra área.
Quizás
consista en dejar definitivamente de ser un medio para que otros alcancen un
fin, para convertirnos en uno de los actores que ayudan a definir hacia
dónde va la organización, qué capacidades necesita para llegar y cómo hacemos
para que personas y tecnología puedan construir juntas ese futuro.
Y para eso,
antes de transformar a los demás, tenemos que estar dispuestos a transformarnos
nosotros mismos.
Publicado en LinkedIn el 14 de septiembre de 2026 y en este espacio con expresa autorización del autor.
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martes, 15 de septiembre de 2026
LOS RIESGOS DE LA IA: ¿QUÉ PASARÍA SI TU JEFE PUDIERA VER TODO LO QUE LE PREGUNTASTE A CHATGPT?
Por Leo Piccioli,
OpenAI lanza ChatGPT Employer, una plataforma
que permite a jefes ver qué buscan sus empleados. Todavía no es verdad, pero
podría serlo.
12 de
septiembre de 2026
Delegar la duda, el dilema, el análisis, es
regalar lo único que nos va a quedar como humanos, que es pensar y decidir.
Dos matemáticos (Tristan Buckmaster y Levent
Alpöge) venían hace un año avanzando en la investigación de la solución a un
mega problema, con un millón de dólares de premio (Navier-Stokes). "De
repente", hace unas semanas, OpenAI (dueña de ChatGPT) decide meterse a fondo a
estudiarlo.
Anunció que lo había resuelto en apenas 80
horas. Fueron, en realidad, 88 horas de trabajo de 10.000 agentes de un modelo
que todavía no fue lanzado comercialmente. Más de 880.000 horas de
trabajo.
Por
educación, OpenAI conversó sobre el tema con Buckmaster. No con Alpöge, que
trabaja en Anthropic, una de sus competidoras. Durante la charla, el matemático
les hizo una pregunta bastante lógica:
“¿Pueden
garantizarme que no usaron mis avances para llegar a su solución? Porque,
si los usaron, sería nuestra solución”.
Y fue
todavía más específico:
“¿El modelo
fue entrenado con mis sesiones en Codex?”.
Cri, cri.
Inserte
aquí una respuesta poco contundente.
Modelos
voraces
El asunto
es el siguiente: los grandes modelos de lenguaje —los LLM, o la IA,
como nos gusta llamarlos— mejoran a partir de los datos que reciben.
Imágenes,
audios, videos y, por supuesto, textos.
Los
devoran. Los leen, los interpretan, los incorporan al modelo y luego los
descartan.
Hace poco
supimos, por ejemplo, que algunas empresas compraban libros para escanearlos y
después destruirlos. Necesitaban los textos una sola vez: para incorporarlos a
sus sistemas.
También
conocemos los enormes conflictos judiciales entre estas compañías y los medios
periodísticos, las editoriales y los autores por el uso de sus contenidos.
Incluso
comenzaron a aparecer textos “sintéticos”: una IA genera textos que luego
sirven para entrenar a otra IA.
Suena un
poco a un problema de casamientos entre primos.
Ahora
imaginemos el trabajo del “gerente de adquisición de datos”: una persona cuya
misión es encontrar, por todas partes, información con la que alimentar a los
modelos para que sigan mejorando.
En mayo
cerró Spirit Airlines, una aerolínea estadounidense de bajo costo. La empresa
fue liquidada y se vendieron todos los activos que pudieron venderse.
Hubo una
compra que llamó especialmente la atención.
Google, la empresa detrás de Gemini, pagó diez
millones de dólares por todos sus datos: correos electrónicos, comunicaciones
internas, planillas de cálculo, transacciones, reservas y hasta información de
recursos humanos sobre sus empleados, aunque sin datos que permitieran
identificar individualmente a cada persona.
La segunda
mejor oferta había sido de 7,5 millones de dólares, realizada por Mercor, otra
compañía vinculada al mundo de la inteligencia artificial.
La
conclusión es sencilla: los datos con los que se alimentan los grandes
modelos de lenguaje son cada vez más valiosos.
Te juro
que no lo voy a tocar
Y ahora
viene la parte incómoda.
Todas estas
empresas de inteligencia artificial tienen muy cerca —en
realidad, ya dentro de sus sistemas— algo extremadamente valioso: los textos
que escribimos los humanos.
Nuestros
prompts.
Nuestras
ideas.
Las cosas
que queremos revisar.
Las
preguntas que hacemos.
Los
problemas que intentamos resolver.
Cada vez
que alguien escribe:
“¿Cómo le
digo a mi jefe que es tóxico?”.
“Me
ofrecieron un trabajo por menos dinero, pero más cerca de casa. ¿Qué hago?”.
“¿Cómo hago
para fingir que estoy enfermo y poder irme a casa?”.
Todo eso
queda registrado.
Y asociado
al usuario que lo escribió.
Lo mismo
ocurre cuando cargamos una presentación para un cliente y pedimos que la
revise. O cuando subimos un estado de resultados, una liquidación de comisiones
o una carta documento para que la analice.
Todo
queda registrado, nada se pierde
Y las empresas de inteligencia
artificial están cada vez más desesperadas por conseguir datos.
La competencia es feroz.
Tanto que algunas compañías están dispuestas a
ser más agresivas de lo que originalmente habían previsto con sus
“salvaguardas” para evitar problemas de seguridad y hackeos.
Ahí está, por ejemplo, lo ocurrido con Hugging
Face y los agentes de OpenAI que, según se informó, escaparon
de los límites establecidos durante una prueba.
La escena
podría ser perfectamente esta:
“¡Necesitamos
más datos y los necesitamos ya!”, le grita el gerente de adquisición de datos a
su equipo.
El gerente
mira hacia la derecha.
Allí están.
Los
prompts.
Los
archivos.
Las
imágenes.
Las
conversaciones que millones de usuarios cargaron.
Todo dentro
de una enorme caja que dice: No tocar.
Hasta que
alguien decide tocarla.
Esto ya
está pasando
Y acá hay
que hacer una aclaración importante.
Esto no es
algo que podría pasar en el futuro.
Ya está
sucediendo.
Desde que
empezamos a utilizar las versiones para consumidores de estos productos.
OpenAI lo
explica de manera bastante clara: ChatGPT puede utilizar las conversaciones de
los usuarios para mejorar sus modelos, salvo que el usuario desactive esa
opción.
Al mismo
tiempo, la compañía establece que, por defecto, no utiliza para entrenar sus
modelos los datos de usuarios de sus productos empresariales, como ChatGPT
Business, Enterprise y la API.
¿Qué
podemos hacer?
Antes que
nada, entender que este problema no es exclusivo de OpenAI. Es un
problema que alcanza a todos los grandes modelos de lenguaje, aunque resulte
más visible en los productos que utilizamos con mayor frecuencia.
Lo primero
que podemos hacer es tomar conciencia.
Saber es
mejor que no saber.
El problema
es que estas herramientas son demasiado útiles.
No
utilizarlas puede significar una desventaja frente a nuestros competidores:
otras empresas, otros empleados, otras personas que sí las utilizan.
Podemos
prohibir su uso. Pero, claramente, no podremos evitarlo por completo.
Sí podemos
tomar algunas precauciones.
Desactivar
la opción “Mejorar el modelo para todos”. Utilizar el chat temporal.
O contratar planes empresariales, en los que, bajo determinadas condiciones,
los datos no se utilizan para entrenar los modelos.
También
existen modelos de lenguaje locales, que funcionan directamente en nuestra
computadora o en nuestros propios servidores y no necesitan enviar la
información a un proveedor externo.
Ofrecen una
ventaja importante en materia de privacidad.
Pero tienen
un costo: requieren conocimientos técnicos, necesitan actualización permanente
y, en muchos casos, implican trabajar con modelos menos avanzados que los
disponibles en la nube.
O podemos
hacer lo que probablemente terminemos haciendo: seguir como hasta ahora.
Pero
sabiendo.
Sabiendo
que, así como las empresas de tecnología ya podían anticipar qué queríamos
comprar, ahora también pueden empezar a saber qué deseamos, qué nos preocupa,
qué pensamos hacer o qué problemas estamos tratando de resolver.
Tal vez eso
nos obligue a ajustar un poco nuestras consultas.
Tal vez nos
ayude a no delegar todo nuestro pensamiento en las máquinas.
Tal vez nos
permita cuidar un poco más nuestra individualidad y nuestra privacidad.
El titular
con el que empecé es falso.
Por ahora.
Pero la
materia prima ya está guardada
Tiene tu nombre.
Y ya hubo alguien dispuesto a pagar diez
millones de dólares por bastante menos.
Si sabemos esto, quizá debamos escribir un poco
menos y pensar un poco más.
Delegar la redacción está bien.
Delegar una corrección también.
Delegar las tareas repetitivas, incluso, puede
ser una excelente idea.
Pero delegar la duda, el dilema, el análisis y
la decisión es otra cosa.
Es regalar aquello que, al final, puede ser lo
único que nos quede como humanos:
Pensar y decidir
Cuando finalmente aparezca el verdadero
titular, que no nos encuentre preguntándole a ChatGPT qué
debemos hacer.
Publicado en MDZOL el 12 de septiembre de 2026.
Etiquetas:
Invitados. IA. Liderazgo
lunes, 7 de septiembre de 2026
CULTURA: ES CÓMO SE HACEN LAS COSAS
Por Gary Burnison, Chief Executive Officer, Korn Ferry. USA.
Pregúntale
a seis personas que definan cultura y probablemente obtendrás doce respuestas
diferentes. Algunos dicen que es la misión y los valores; para otros, son las
mesas de ping-pong y la vestimenta laboral.
Sin embargo, la cultura se reduce a una sola definición: es cómo se hacen las cosas.
Cuando era niño, en cuanto entraba en casa de mi tía, tenía que quitarme las
zapatillas en la puerta. ¿La razón? El orgullo de esa casa del Medio Oeste era
una alfombra blanca de pelo largo, y mi tía la mantenía impecable. Había
tapetes de plástico transparente sobre la alfombra para caminar, que combinaban
con las fundas de plástico de los muebles. Y lo mejor de todo: rastrillaban la alfombra con un rastrillo especial para que
pareciera nueva.
Yo no tenía que hacer nada de eso en casa, pero en su casa, sus reglas. Sin
embargo, cuando crecí un poco, comprendí por qué estas cosas eran tan
importantes. Mis tíos no tenían mucho dinero y trabajaron duro para conseguir
todo lo que tenían: ella como enfermera y él en una refinería de petróleo.
Sus normas comunicaban su ética laboral y sus valores. Esa era la cultura que
convertía su casa en un hogar.
Hoy en día, todos estamos decidiendo las "normas de la casa" a medida
que avanzamos. Para algunos, está bien trabajar en cualquier lugar y a
cualquier hora. Otros quieren volver a los tiempos en que todos estaban en la
oficina. Muchos se encuentran en un punto intermedio.
Pero al igual que el rastrillo para alfombras y las alfombras de plástico, todo
eso es solo la forma : los protocolos y los procedimientos.
Mucho más importante es la esencia : cómo las personas se
relacionan e interactúan entre sí. No lo encontraremos explicado en ningún
manual. No está plasmado en un eslogan en un sitio web o en un cartel en el
pasillo.
El lenguaje de la cultura es la emoción: el espíritu de cómo hacemos las cosas.
Y es más probable que se sienta que se exprese con palabras. Como me comentó
esta semana Khoi Tu , experta en cultura de nuestra división
de Consultoría en la oficina de Londres: «La cultura es una celebración de lo
que consideramos importante, de lo que creemos y valoramos. Y es
responsabilidad del líder transformarla de invisible a visible. De lo contrario,
es difícil cambiarla».
La cultura puede ser un tema complejo. Recuerdo una reunión con un cliente hace
unos años, en la que se pidió a cada miembro de su equipo directivo que
definiera su cultura. A medida que cada uno hablaba, quedaba claro que se
centraban únicamente en la forma, no en la esencia. Pero cuando la pregunta
cambió —«¿Cómo es ser empleado aquí?»— las respuestas fueron sinceras, sin
jerga, y se centraron en cómo se realiza el trabajo.
Hoy en día, definir la cultura va mucho más allá de simplemente elegir el
espacio de oficina y los bienes raíces. Es obvio que cualquier estigma en torno
al teletrabajo ha desaparecido, dada la gran productividad que algunas personas
pueden alcanzar trabajando de forma remota. Y ciertamente no se trata del
logotipo de la empresa en una camiseta o de llevar al perro al trabajo, lo que
los expertos denominan los artefactos de la cultura. Lo que más importa es lo
que hay detrás de esos artefactos: las creencias, los comportamientos y la
mentalidad compartida que constituyen el núcleo de una cultura colectiva.
Como me comentó esta semana Sarah Jensen Clayton , quien lidera Cultura y
Cambio en Norteamérica para nuestra firma: “Para las empresas de hoy, se trata
de un reinicio cultural, un paso simbólico hacia atrás en un capítulo difícil.
Dejamos atrás el pasado y miramos hacia adelante. Esto transforma la transición
cultural de algo meramente táctico a algo inspirador”.
Dado lo lejos que hemos llegado y todo lo que hemos logrado, es momento de
reflexionar sobre el futuro. Debemos preguntarnos: ¿Cómo seguimos empoderando a
las personas? ¿Cómo interactuamos y nos ayudamos mutuamente? ¿Cómo debería ser
la colaboración? ¿Cómo surgirán las mejores ideas? ¿Necesitamos estar
físicamente cerca para que un encuentro casual en el pasillo o al tomar un café
propicie conversaciones enriquecedoras? ¿O podemos replicar eso de otras
maneras?
En resumen, toda gira en torno a la cultura: quiénes somos, qué representamos, en qué creemos y cómo hacemos las cosas.
Aquí les comparto algunas reflexiones:
El dilema de la cultura. Lograr la cultura adecuada, en el momento oportuno y con las personas idóneas, puede ser un reto para muchas empresas. A menudo, se trata más de arte que de ciencia. En una encuesta realizada por nuestra firma, casi tres cuartas partes de los ejecutivos describieron la cultura como extremadamente importante para el desempeño organizacional. Sin embargo, solo un tercio afirmó que su cultura estaba totalmente alineada con su estrategia empresarial. Hoy en día, todos nos encontramos en la misma situación, ya que la importancia de la cultura ha aumentado para prácticamente todas las empresas del planeta. Estamos presenciando más cambios que en los últimos diez años. Será necesario realizar un trabajo diferente, y este deberá realizarse de manera diferente. Eso implica cultura. No existe una fórmula única para todos: nadie puede decirnos qué es o debería ser la cultura. Debe vivirse, respirarse y experimentarse a diario.
Las reglas no escritas. Las políticas y los procedimientos sin duda tienen su lugar: son una forma importante de que las personas se unan como sociedad, comunidad u organización. Pero estas estructuras, por sí solas, no describen adecuadamente la cultura. Para ello, debemos fijarnos en las reglas no escritas, y toda organización las tiene. «Las organizaciones pueden cambiar las políticas cuanto quieran, pero sigue existiendo un "código" sobre cómo hacemos las cosas», me dijo esta semana Lynn Foster , miembro de nuestro equipo de Cultura y Cambio de Norteamérica. En algunos lugares, todo gira en torno al rendimiento: la cultura empresarial de «pedir perdón, no permiso». Otros serán más jerárquicos. Variará según el liderazgo, el sector, la historia y las personas. Pero dentro de cada empresa, existen redes informales y reglas no escritas que nunca se encontrarán en ningún manual del empleado.
Cultivar
la cultura. En lo que respecta al cuidado y desarrollo de la cultura,
el líder desempeña un papel fundamental. De hecho, la cultura comienza en la
cima, donde se crea y se moldea. Por eso, nuestro Instituto Korn Ferry describe
a los líderes con dos funciones principales. Primero, son los promotores
de la cultura : modelos a seguir que encarnan la mentalidad, las
creencias y los comportamientos deseados. Segundo, son los arquitectos
de la cultura : se aseguran de que existan las estructuras adecuadas
para respaldar esos comportamientos deseados. Con sus palabras y su ejemplo,
los líderes garantizan que una cultura sana e inclusiva eche raíces y crezca.
Pero esto requiere tiempo; o, como dijo Khoi Tu en nuestra conversación: «Si le
gritas más fuerte a una planta, no crecerá más rápido. Se necesitan las
condiciones adecuadas para su cultivo».
Un deporte de equipo. Como
cualquier entrenador te diría, un gran equipo juega con libertad, por amor al
juego. Cuando el objetivo es jugar de forma brillante, ganar es la
consecuencia. Del mismo modo, cuando la confianza y la fe impregnan la cultura,
la gente se esfuerza y logra resultados. Para profundizar en este tema, nuestra firma realizó
una extensa investigación sobre la cultura organizacional durante la pandemia.
Entre los muchos hallazgos, cabe destacar que, a medida que las empresas se ven
presionadas a ser más ágiles, las personas se sienten más empoderadas y tienen
mayor libertad para expresarse. Con ese empoderamiento, los empleados se
quedan. Y eso es crucial hoy en día. Porque si bien el líder inicia el cambio,
se necesita un movimiento para impulsarlo.
Debe encontrarse en las paredes y en los
pasillos, pero, sobre todo, en el corazón y la mente de cada persona. Y eso es
cultura. Difícil de definir, poderosa cuando se siente profundamente y mejor
vivida en compañía. De hecho, es la clave para lograr nuestros
objetivos.
Etiquetas:
Cultura,
Cultura corporativa,
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