Por Fernando Zerboni. Profesor en Universidad de San Andrés. IESE Business School. Argentina.
Estoy
cansado de los profetas del pesimismo. Se que estamos en una era de cambio
profundo, pero la letanía del apocalipsis me agota. Estoy cansado de Harari y
su cara de funeral cada vez que habla de la inteligencia artificial. Estoy
cansado de Byung-Chul Han y su "sociedad del cansancio", como
si fuera el primero en darse cuenta de que hay gente agotada. Estoy cansado,
sobre todo, de los que los siguen, de los que los citan en las sobremesas, de
los que repiten "estamos perdidos" con una sonrisa de superioridad,
como si entender el colapso los hiciera más inteligentes que el resto.
Y fíjate
que no es solo cansancio. Es que hay algo de trampa en todo esto. Es la
sensación de que te están vendiendo algo que no termina de cerrar con lo que
ves cuando salís a la calle. Porque eso es lo que pasa. Estos tipos no escriben
para salvar el mundo. Escriben para venderte un mapa del infierno y hacerte
sentir inteligente por reconocerlo. Y funciona. Funciona tan bien que ahora hay
toda una generación convencida de que vivimos en la peor época de la historia
humana, cuando cualquier análisis serio te dice exactamente lo contrario.
Pero acá
viene lo interesante, estos profetas no le están hablando a todo el mundo. Le
están hablando a una elite asustada. A profesionales que de repente
descubrieron que la tecnología también viene por sus trabajos. Y ahí está la
clave. Porque resulta que la incertidumbre, la precariedad, el miedo al futuro,
todo eso que ahora les parece el fin del mundo, el resto ya lo viene viviendo
hace décadas.
El obrero
de una fábrica sabe desde los ochenta que su laburo puede desaparecer mañana.
El campesino sabe que el clima es impredecible y que una sequía te puede
fundir. La costurera sabe que el trabajo es inestable y que hay que
rebuscársela. Esa gente no necesita que Harari le explique que el futuro es
incierto. Lo vive todos los días. Y sin embargo, no están paralizados. Están
ocupados viviendo el día a día.
Pero ahora
resulta que la inteligencia artificial amenaza al abogado, al consultor, al
diseñador gráfico, al periodista. Ahora resulta que los trabajos
"creativos" y "cognitivos" también están en riesgo. Y de
repente hay pánico. De repente hay que escribir libros urgentes sobre el
colapso de la civilización. Porque cuando el miedo toca a las elites, el miedo
se vuelve filosofía.
Y Harari
les da lo que necesitan: una narrativa donde su angustia personal es en
realidad una tragedia de la civilización. No es que tengas miedo de perder tu
trabajo, es que la humanidad está perdiendo su soberanía. No es que tu empresa
te explote, es que vivimos en una sociedad del cansancio. Tu problema deja de
ser tuyo y se convierte en un síntoma del apocalipsis. Y eso, vende.
Han hace lo
mismo, pero desde otro ángulo. Les dice a los ejecutivos quemados que su
burnout no es porque laburaron como bestias por un sueldo grande, sino porque
vivimos en una época de auto explotación generalizada. Les da una salida digna.
En vez de preguntarse "¿por qué acepté este ritmo de vida?", pueden
decir "es la época, es el sistema, no hay salida". Es más cómodo así.
Pero la
verdad es otra. La verdad es que la gente que siempre vivió con incertidumbre
desarrolló herramientas para lidiar con ella. No son herramientas filosóficas
ni están en ningún libro. Son herramientas prácticas: la familia, los vecinos,
la comunidad, el rebusque, la solidaridad. Cuando no tenés un colchón de
ahorros ni un plan de carrera, aprendés a moverte en la neblina. No porque seas
más sabio, sino porque no te queda otra.
Y esa gente
no está leyendo a Harari. Está ocupada laburando, criando, cuidando a los
viejos, arreglando lo que se rompe. No tiene tiempo para la angustia
existencial. Tiene problemas concretos y los resuelve con lo que tiene a mano.
El tipo que maneja un camión no se pregunta si los algoritmos están hackeando
su lenguaje. Se pregunta si le alcanza para los gastos y para pagar la luz. La
mujer que atiende un kiosco no sufre de fatiga digital. Sufre de levantarse a
las seis de la mañana todos los días. Pero lo hace. Y al otro día también.
Entonces
resulta que estos profetas del pesimismo están diagnosticando una crisis que
es, básicamente, el descubrimiento tardío de las elites de que el mundo es
inestable. Bienvenidos, muchachas y muchachos. El resto ya lo sabía. La
diferencia es que el resto no escribió libros sobre eso. Siguió adelante.
Y por eso
tienen tanto impacto esta gente. Porque le están dando voz al miedo de una
clase que nunca había tenido miedo. Una clase que creía que su educación, su
título, su capital cultural los protegía. Y ahora descubren que no. Que la
tecnología no distingue. Que la precariedad llegó también para ellos. Y eso los
descoloca.
Pero ojo,
esto no significa que sus problemas no sean reales. Lo son. Lo que no es real
es la idea de que son nuevos. La incertidumbre siempre estuvo. Lo que pasa es
que ahora llegó a las oficinas con aire acondicionado y biblioteca y por sobre
todo a Davos. Y cuando llega ahí, se convierte en teoría. Se convierte en
crisis civilizatoria. Se convierte en bestseller.
Mientras
tanto, en la vida real, la incertidumbre está naturalizada. No es que la gente
no la sufra. La sufre. Pero la incorporó. Sabe que el futuro no está
garantizado, que hay que adaptarse, que las cosas cambian. Y con ese
conocimiento, igual se levanta, igual labura, igual confía en el vecino, igual
ayuda cuando puede. Porque la alternativa no es un ensayo sobre el colapso. La
alternativa es no hacer nada porque es invitable.
Y fijate la
paradoja: los que más hablan del colapso son los que menos lo viven. Los que
más escriben sobre la pérdida de sentido son los que tienen suficiente tiempo y
plata como para sentarse a pensar en el sentido. El resto está ocupado
generando sentido con sus manos, con su trabajo, con sus vínculos. No necesitan
que un filósofo coreano les explique por qué están cansados. Saben por qué
están cansados. Y descansan cuando pueden.
Por eso
estos libros tienen tanto éxito en ciertos círculos y ninguno en otros. Porque
le hablan a una elite que recién ahora está tocando fondo. Que recién ahora
entiende lo que significa no tener garantías. Y como toda elite, necesita que
su experiencia sea universal. Necesita creer que si ellos están en crisis,
entonces toda la humanidad está en crisis. Pero no. La humanidad está donde
siempre estuvo: tratando de zafar.
Y acá no
estoy romantizando la pobreza ni la precariedad. No estoy diciendo que la
incertidumbre sea linda o que la gente que la vive sea más sabia. Estoy
diciendo que es distinto descubrir la incertidumbre a los cuarenta, con un
posgrado en Europa, que haber nacido en ella. Y que esa diferencia importa.
Porque el que nació en ella ya sabe cómo moverse. El que la descubre ahora, en
cambio, se paraliza. Y escribe libros.
Harari, Han
y el resto están haciendo el duelo de un mundo que ya no existe. Un mundo donde
la educación te salvaba, donde el conocimiento era poder, donde los trabajos
intelectuales estaban a salvo. Ese mundo se terminó. Y está bien que lo
diagnostiquen. Pero que no nos vengan a decir que se terminó el mundo. Se
terminó su mundo. El resto sigue acá, laburando, confiando, resistiendo, sin
esperar que nadie les escriba un manual sobre cómo hacerlo.
Y si querés
realismo, empezá por ahí. Por reconocer que el pánico de las elites no es el
pánico de todos. Que la mayoría de la gente ya estaba en el barro y aprendió a
caminar sin hundirse. Que la incertidumbre no es una novedad apocalíptica, sino
la condición normal de la existencia humana. Y que los que mejor la manejan no
son los que la teorizar, sino los que la viven todos los días sin hacer tanto
ruido.
¿Vos no lo
ves también?
Publicado en LinkedIn el 27/1/26 y en este espacio con expresa autorización del autor.

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