Por Guillermo Ceballos Serra
Por qué la diversidad necesita confianza para
transformarse en inclusión y no en fragmentación
Vivimos en una época de extraordinarias
paradojas.
Nunca en la historia de la humanidad estuvimos
tan conectados. La tecnología ha derribado fronteras, acercado culturas y
democratizado el acceso a la información. Podemos trabajar con personas
ubicadas en cualquier parte del mundo, conocer realidades que antes nos
resultaban lejanas y acceder instantáneamente a perspectivas diversas sobre
prácticamente cualquier tema.
Sin embargo, mientras aumentaba nuestra
capacidad de conexión, algo más profundo parecía deteriorarse.
La confianza.
Confiamos menos en las instituciones, en los
gobiernos, en los medios de comunicación y en los líderes. Pero también
confiamos menos en quienes piensan diferente, pertenecen a otra cultura o
sostienen valores distintos a los nuestros.
La paradoja es evidente: estamos más conectados
que nunca y, al mismo tiempo, más desconfiados que nunca.
El mundo que anticipó Faith Popcorn (Lo que vendrá.1993)
Hace más de tres décadas, la futurista Faith
Popcorn identificó una tendencia que denominó "cocooning". Observó
que, frente a un entorno cada vez más complejo e incierto, las personas
buscaban refugio en espacios privados que les brindaran seguridad y control.
En aquel entonces, el hogar aparecía como el
principal refugio frente a un mundo percibido como impredecible.
Pero la evolución tecnológica transformó
aquella intuición en algo mucho más amplio.
Hoy seguimos construyendo capullos, aunque ya
no son solamente físicos. Son digitales, culturales e ideológicos. Nos
refugiamos en comunidades donde predominan personas que piensan como nosotros,
consumen información similar y comparten nuestra interpretación de la realidad.
La tecnología nos abrió las puertas del mundo,
pero también nos permitió seleccionar cuidadosamente con quién interactuamos y
de quién nos aislamos.
Nunca fue tan sencillo conectarse.
Nunca fue tan sencillo aislarse.
El gran experimento de la diversidad
Al mismo tiempo, las sociedades contemporáneas
comenzaron a valorar cada vez más la diversidad.
La diversidad amplía perspectivas, desafía
prejuicios y favorece la innovación. Las organizaciones más exitosas del mundo
han comprobado que equipos diversos suelen encontrar mejores respuestas a
problemas complejos que aquellos integrados por personas con trayectorias y
visiones similares.
La diversidad no es una amenaza. Es una
riqueza.
Sin embargo, la experiencia reciente muestra
que la diversidad, por sí sola, no garantiza inclusión.
En muchas sociedades observamos simultáneamente
una creciente diversidad y una creciente polarización. Aumentan los
intercambios globales, pero también las tensiones identitarias. Se multiplican
las oportunidades de encuentro, pero se debilitan algunos de los espacios de
convivencia.
¿Qué está faltando?
Tal vez la respuesta sea una variable que
durante demasiado tiempo dimos por sentada: la confianza.
La variable olvidada
Durante años pareció asumirse que la inclusión
era una consecuencia natural de la diversidad, sin embargo, la realidad muestra
algo diferente.
La inclusión no surge simplemente porque
personas distintas compartan un mismo espacio. Surge cuando esas personas
pueden colaborar, dialogar, discrepar y construir objetivos comunes.
Y eso requiere confianza.
La verdadera inclusión no consiste en celebrar
la diferencia. Consiste en cooperar con ella.
Allí es donde las ideas de Stephen M. R. Covey
adquieren una vigencia extraordinaria. En "El valor de la confianza"
sostiene que la confianza no es una virtud abstracta ni un atributo deseable
únicamente desde el punto de vista ético. Es un activo social y económico de
enorme valor.
Cuando la confianza aumenta, la cooperación se
acelera, los costos disminuyen y las organizaciones funcionan mejor.
Cuando la confianza disminuye, ocurre
exactamente lo contrario. Aparecen controles adicionales, burocracia, sospecha
y conflictos.
La confianza es la infraestructura invisible
sobre la cual funcionan las relaciones humanas.
El desafío del siglo XXI
Las grandes corrientes migratorias observadas
en diversos países europeos durante las últimas décadas ilustran este desafío
con particular claridad.
Con frecuencia, los debates públicos se
concentran en la inmigración misma. Sin embargo, quizás la pregunta más
relevante sea otra.
¿Cómo construye confianza una sociedad cuando
sus integrantes ya no comparten necesariamente la misma historia, religión,
cultura o tradición?
Durante siglos, gran parte de la confianza
social se apoyó en distintos grados de homogeneidad. Las personas compartían
relatos comunes, símbolos compartidos y marcos culturales relativamente
similares.
El siglo XXI enfrenta un desafío completamente
diferente.
Necesita construir confianza sin homogeneidad.
Necesita generar cohesión sin uniformidad.
Necesita fortalecer la convivencia sin eliminar
las diferencias.
Todavía estamos aprendiendo cómo hacerlo.
Una lección para las organizaciones
Las empresas viven esta misma realidad.
Las organizaciones actuales reúnen personas de
distintas generaciones, nacionalidades, profesiones, experiencias y formas de
pensar. La diversidad ya no es una excepción; es una condición habitual del
trabajo moderno.
Sin embargo, la diferencia entre los equipos
que prosperan y aquellos que fracasan rara vez está en su nivel de diversidad.
La diferencia suele encontrarse en su nivel de
confianza.
Cuando existe confianza, la diversidad se
transforma en innovación, aprendizaje y creatividad.
Cuando la confianza es insuficiente, la
diversidad puede derivar en silos, conflictos y fragmentación.
La confianza convierte la diferencia en una
ventaja competitiva.
La conversación pendiente
Quizás hemos dedicado demasiado tiempo a
debatir sobre tecnología, diversidad e inclusión sin prestar suficiente
atención al factor que conecta todos esos conceptos.
La confianza.
La tecnología puede acercarnos.
La diversidad puede enriquecernos.
La inclusión puede integrarnos.
Ninguna de esas cosas ocurre de manera
automática. La confianza es el puente que las hace posibles.
Por eso, tal vez la crisis de nuestro tiempo no
sea una crisis de diversidad ni una crisis tecnológica.
Es una crisis de confianza.
Si esa afirmación es correcta, entonces la gran
tarea de las próximas décadas no consistirá solamente en desarrollar nuevas
tecnologías o gestionar mejor nuestras diferencias.
Consistirá en reconstruir la confianza que
permite que personas distintas puedan convivir, cooperar y construir un futuro
compartido, porque cuando la confianza desaparece, la diversidad puede
percibirse como una amenaza.
Al contrario, cuando la confianza está
presente, la diversidad se convierte en una de las mayores fortalezas de una
sociedad.
Tal vez haya llegado el momento de volver a
hablar de ella. No como una virtud blanda. No como un valor abstracto, sino
como el activo estratégico más importante para las organizaciones, las
comunidades y las sociedades del siglo XXI.

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